Tobías y Morena apenas se llevan su inocencia
Sólo tenían 10 y 12 años, y apenas un poco de historia personal, un poco de lo que habían alcanzado a probar de la vida.
Sólo tenían 10 y 12 años, y apenas un poco de historia personal, un poco de lo que habían alcanzado a probar de la vida. Tal vez algo de lo dulce y algo de lo amargo. Todavía estaban, sobre todo, impregnados de la historia de sus mayores, y uno de esos mayores, su padre, decidió arrebatarles la vida antes de matarse él. Los hijos deben –deberían– ser el fin de las historias de adultos que se unen en un momento de sus vidas, por más pasajero que sea, pues son el estallido de vitalidad que corona la fecundidad de los cuerpos y los sentimientos. Pero hay veces, ¡ay!, ¡tantas, pero tantas veces!, que terminan siendo el mero medio entre el desvarío y el odio, el instrumento más frágil para causar dolor a un tercero que, generalmente, es la parte femenina de la historia. Dolor sin límite Inmenso dolor; dolor del que no se tienen dimensiones, en el que no alcanza el más ancho y cálido de los abrazos humanos para abrigar a las almas heridas. Es que no alcanza la actitud más humana; en casos así, en tal tremenda abolición de la razón del corazón y del sentir de la sensatez, no hay manera de advertir la versión bendita del adjetivo humano, sino más bien la versión más tenebrosa de la condición, no ya del adjetivo. Los niños asesinados no tienen nada más que llevarse consigo al otro lado de la muerte que su niñez, que su inocencia, sí, esa que hizo que jamás esperaran balazos de quien supuestamente estaba en la vida para protegerlos. Y el asesino ni siquiera se quedó para pedirles perdón.Entonces –como alguna vez pasó con la pequeña Ludmila– los que aún estamos, Tobías y Morena, pedimos perdón.

