No me vengan con eso de la pasión futbolera
No me vengan con eso de la pasión futbolera, esa especie de integrismo religioso que, tarde o temprano, deriva en muertes absurdas. O que siempre está a un segundo de hacerlo. Cada uno sabe cuál es su grado de complicidad.
No me vengan con eso de la pasión: que vamos la “B”, que vamos la “T”, que vamos todo el abecedario.
Ni bien se supo de la muerte cerebral de Emanuel Balbo, saltaron todos los que advierten que hay que separar la pureza de este deporte “maravilloso” y la pasión de los que van a alentar a su equipo sin más intención que mirar un buen espectáculo.
Noticias para todos: nada de lo que pasó el sábado en el clásico entre Belgrano y Talleres es una excepción a la regla, ni un evento desafortunado, ni un plan maquiavélico de 10 locos que decidieron matar a otro hincha.
Lo que desencadenó esa muerte es una sucesión de hechos que miramos todos los domingos –o el día que haya partido– sin extrañeza, como vegetales, con la premisa de alimentar un sentimiento que, cuando se exacerba, muestra su verdadera cara: la del fanatismo, la de la irracionalidad, la de la idolatría disfrazada de ardor o de pasión.
Se puede escuchar en cualquier fecha del fútbol infantil, en cualquier padre insultando desde la tribuna a los chicos rivales, a su propio hijo o al entrenador. Para que desde bien chiquititos sepan lo que hay que hacer por defender esos colores.
Sirve para entender por qué nada de lo que pasó es ilógico. La única diferencia es que ahora –como otras veces– se completó el ciclo de la violencia que encierra ese circuito.
Lo más tenebroso es descubrir que todos somos “buenos tipos” hasta que estamos en ese lugar, en esa tribuna en la que escuchamos que hay un “infiltrado” de otro equipo y por lo tanto vamos a tirarle una patadita, un puñetazo, un empujoncito al vacío. O no: sólo pegamos porque vemos que otros lo hacen. Algún buen motivo debe haber.
Extremo
“El mal no es nunca radical, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros, precisamente porque se extiende como un hongo sobre la superficie. Eso es la banalidad del mal”, decía Hannah Arendt.
Eso es lo que sucedió: un grupo de hinchas que no son asesinos, inmersos en ese hongo que en un segundo puede explotar y detonar una, dos, varias muertes. Hasta convertirlos en asesinos, fácilmente, sin ningún esfuerzo, con entusiasmo.
El hecho desnuda otras barbaridades, como la inacción policial y la eterna vista gorda de las autoridades –políticas y futboleras– y sus complicidades. Pero no cambia el foco: sigue siendo el resultado final de un circuito de tipos comunes que en una cancha se transforman. En una cancha, en una marcha, en una pelea de tránsito.
No me vengan con eso de la pasión futbolera, esa especie de integrismo religioso que, tarde o temprano, deriva en muertes absurdas. O que siempre está a un segundo de hacerlo.
Cada uno sabe cuál es su grado de complicidad.

