“Los chicos nacen con un chip incorporado”
Andrea (47) es arquitecta y mamá de los mellizos Lucía y Mateo (4). Los tres son parte de una familia ampliada.
La componen junto al papá de los niños, también padre de otros dos hijos, de 22 y 24 años. Todos conviven en la misma casa.
Andrea ni demoniza el pasado ni lo ensalza, aunque, claro, encuentra diferencias entre la infancia de sus niños y la propia. Prefiere tomar lo mejor de cada época. "A nivel familiar, los chicos hoy participan más activamente. Comparten la mesa todas las noches, están presentes. Tienen opiniones. Antes nos mandaban a callar, ahora preguntan y se les contesta", cuenta Andrea, que está convencida de que las cosas salen mejor, y son más fáciles, cuando se explican y no se imponen. "Tratamos de que entiendan las razones de algunas cosas y las comprenden con más facilidad... A nosotros no nos pedían opinión", insiste.A Lucía y Mateo les gustan los juegos de representación de la vida real, y se entretienen tanto con una manguera como con el Ipad. Para Andrea, la tecnología es una herramienta. Los chicos usan la computadora una hora por día, pero la manejan con la seguridad de quien pasa un día completo frente a la pantalla. A decir de su madre, los niños superan a su padre, de 53 años, en el uso de la tecnología."En casa propicio el juego entre ellos y el creativo, juegan mucho, hacen representaciones, juegan con objetos reales convirtiéndolos en fantásticos... La tecnología es otra herramienta, es un juego sofisticado", plantea la mamá.Los pequeños saben sacar fotos, reconocen las letras en los teclados, se entretienen con juegos donde hay que superar niveles, desafíos. "Interpretan de manera inmediata el uso de la computadora, no hace falta explicarles nada. Nacen con un chip incorporado", grafica.A Andrea le sigue sorprendiendo la dimensión del mundo que tienen los niños pequeños. "Te hablan de países, de planetas o dicen: 'Vamos a comprar a China porque no se consiguen cosas acá'. Son cosas de ellos que nosotros no decimos", dice la mujer. Las distancias y los idiomas son más familiares, y los chicos comienzan a interpretar la realidad solos.Al comparar la vieja y las nuevas infancias, Andrea opina que el consumo y la velocidad no dejan margen para disfrutar. "Los Reyes Magos duran un rato", ejemplifica. Y sigue: "Tiene que ver con los tiempos de los adultos, siempre apurados".Si pudiera, Andrea cambiaría el ritmo de vida. Cree que la velocidad obliga a vivir de forma demasiado organizada, con poco margen para la espontaneidad. "La velocidad, no permite profundizar lo vivido", dice.

