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“Los adictos somos los cajeros automáticos de los narcos”

José tiene 38 años y, tras 20 de adicción a la cocaína, lleva uno y medio sin probarla. Cuenta su historia sin vueltas: de tocar fondo a la recuperación actual, aún en tratamiento.

27 de octubre de 2016 a las 12:01 a. m.
“Los adictos somos los cajeros automáticos de los narcos”
Pepe, en su lugar. José, en el predio de la ONG riotercerense al cual entró para su rehabilitación hace un año y medio, “más muerto que vivo”. Allí decidió quedarse a vivir y a trabajar. (La Voz)

"Cada adicto es como un cajero automático", afirma Pepe. Y remata la metáfora: "Los que venden droga lo tienen ahí, para sacarle plata cuando quieran. Y el comprador la conseguirá, como sea". Pepe es José Berra, un riotercerense diseñador gráfico de 38 años, quien puede contar su historia. Hace un año y medio no podía contar ni hasta 10. Adicto a la cocaína desde los 17, pasó por varias internaciones que culminaban en caídas cada vez más profundas. Tocó fondo.Hoy puede decir –con Serrat–que lo único bueno de estar en el fondo del pozo es que sólo cabe ir mejorando. Lleva un año y medio sin drogas y hasta ha dejado los 15 psicofármacos que masticaba por día en su tratamiento. Es un ejemplo de que se puede salir, si alguien acerca una escalera. Pero Pepe sabe de fantasmas: "Toda mi vida tendré que decir que estoy en recuperación, no recuperado. Debo tener conciencia de que puedo volver a caer y de que debo evitarlo", enfatiza.La escalera principal para salir del fondo la construyó junto a la Asociación Civil Nuestra Señora de Luján, una ONG de Río Tercero dedicada a la rehabilitación de adictos. Allí Pepe entró "más muerto que vivo" hace un año y medio. Hoy es algo más que uno de los 20 internos: oficia de coordinador de actividades y decidió quedarse a vivir en la sede de la entidad, que suma varios casos exitosos de rehabilitación.La historia personal que Pepe se anima a contar representa la de miles que repiquetean en pueblos y ciudades. La largada –Si tuvieras que ubicar el día del inicio con la droga, ¿te acordás? –Sí. El camino lo empecé con el alcohol, y fuerte, a los 16. Fue la antesala. A los 17 probé la cocaína. Y no pude parar durante 20 años de consumo intenso. Pero hace año y medio que ni la toco. –¿Cuánto cambió la facilidad para obtenerla hoy respecto de 20 años atrás? –Mucho. Antes se sabía dónde y quién, pero en círculos pequeños. En una ciudad mediana era difícil acceder un día de semana a un gramo de cocaína. Tenías que planificar el encuentro con la persona que te vendía. Era casi un ritual. En algún momento, empecé a percibir que era cada vez más fácil. Pero hoy, a la hora que se te ocurra, vía redes sociales o teléfono, tenés un delivery en la puerta, con los kilos que quieras. –Y el costo relativo, ¿sigue siendo similar al actual o antes era más prohibitivo? –Hicimos una estadística hace poco y sigue siendo casi el mismo. Lo que antes salía 5 pesos el gramo hoy sale 300. Pero la relación con los ingresos promedio se mantiene pareja. Lo que cambió es la disponibilidad, que hoy es enorme. Incluso el consumo es cada vez más avalado socialmente. Ya nadie se alarma si alguien consume cocaína en un boliche. Y de la marihuana ni hablar. Un consumidor medio de cocaína puede andar en los cinco gramos por día. Yo llegué a mucho más. No puedo entender lo que gastaba y de dónde lo sacaba. Hoy, cinco gramos son 1.500 pesos diarios. ¿Quién los tiene? Muy pocos. El tema es que el adicto los va a encontrar. De allí la relación con el delito. "Perdí todo" Sin tapujos, Pepe cuenta aquellos tiempos en el fondo del pozo: "Yo golpeaba puertas. Muchos me conocían en mi ciudad. Le pedía a uno, a otro. Le quedé debiendo a todos. En el peor momento entrás en la locura: sólo te interesa consumir. Vivía con mi viejo y lo extorsionaba a cualquier hora para que me diera plata. Terminé en la calle. Perdí el trabajo en la Municipalidad. Perdés la dignidad y hasta los sentimientos".Una hija de 10 años lo visita periódicamente en su nuevo hogar. También, por varios años, la perdió a ella. "Por ahí algunos entornos, por ejemplo laborales, saben o intuyen que sos adicto, pero mientras sos productivo te toleran, servís, y todo sigue. Hasta un punto, en que no servís más para nada", acota quien asegura no extrañar nada del pasado, en el que le cuesta hasta reconocerse. Se puede José suele hablar de su historia ante alumnos de escuelas secundarias de numerosas localidades. Es parte de la tarea de prevención de la asociación de la cual hoy forma parte."Cuando vine, hace un año y medio, yo estaba muy entregado. No tenía ni expectativas. Creo que me estaba muriendo, aunque no tenía conciencia de eso", afirma sobre su llegada al centro terapéutico en el que vive.En el medio, pasó por una internación en una institución de Río Cuarto. "Estuve un año y me dieron el alta. Pero volví a consumir. Después pasé siete meses en el hospital de Oliva, que es un depósito de gente, y al menos a mí no me sirvió. Tampoco uno se deja ayudar mucho, y toma un tratamiento sólo como una pausa, un escape a la presión de los que dicen que hagas algo. También pasé por el Ipad, en Córdoba, en el que vendía mi ropa para comprar droga en la villa de enfrente. Y tuve años de terapia con psiquiatras y psicólogos", enumera sobre intentos fallidos de rehabilitación.Pepe hoy está seguro de que es posible una salida e intenta contagiar ese mensaje. "Se puede salir, si un día decís realmente basta y te dejas ayudar. Un buen centro de rehabilitación es clave, pero es un tiempo, un tratamiento, una contención. La verdadera realidad es cuando salís, volvés a la sociedad, y no caes. Ahí está el desafío. Se puede, aunque no es fácil", sentencia quien además será uno de los muchos expositores del Congreso Provincial de Adicciones, que tendrá a Río Tercero como sede este viernes y sábado.

Quién la vende

“Casi todos los jóvenes, en cualquier ciudad, saben quién vende. Hasta en las escuelas, adentro o afuera. Creo que se sabe si se quiere saber. Hasta en las ciudades chicas hay cada vez más gente viviendo de vender drogas. Y están los peces gordos, que no son los que venden en la calle”, remarca José Berra. También admite como real esa impresión popular de que “todos parecen saber, menos los jueces y los policías”. Y expone: “Acá, un juez dejó en libertad a un narco que me vendió ‘merca’ durante años. Lo detuvieron, estuvo tres años preso, quedó libre y hoy sigue en lo suyo”.