"La pintura siempre me hizo sentir libre"
Andrea Rulke, artista alemana, recuerda la Segunda Guerra Mundial como si hubiera ocurrido ayer. Pasó su infancia en Dresde, donde las bombas lo destruyeron todo, menos la cultura.
No entendía bien lo que estaba pasando, pero sentía miedo, mucho miedo. Su madre la abrazaba con fuerza y lloraba en silencio. El invierno le parecía más helado en el sótano oscuro de su casa, donde permanecían inmóviles, respirando apenas. El bramido metálico de los motores de los más de mil bombarderos pesados británicos y estadounidenses que surcaban el cielo calaba hasta el hueso con una daga invisible de terror. La obra macabra, impiadosa, se completó cuando los aviones dejaron caer toneladas de bombas de destrucción masiva y dispositivos incendiarios de manera indiscriminada. Cuatro ataques aéreos consecutivos fueron suficientes para reducir a escombros al 90 por ciento de la ciudad alemana de Dresde, conocida entonces como la "Florencia del Elba". La ex capital de Sajonia era una meca de arte y cultura. La descomunal agresión dejó unos 30 mil muertos y los revisionistas de la Segunda Guerra Mundial aún no se ponen de acuerdo sobre si se trató de una represalia desproporcionada, de un crimen de guerra impune o de una acción estratégica de las fuerzas aliadas. Ruinas, hambre y música"Mi infancia está llena de recuerdos de ruinas, de bombardeos terribles, de hambre pero también de colores y de música", cuenta Andrea Rulke. Un tridente de luz se filtra por la rendija de la persiana de su atelier en Nueva Córdoba e ilumina el velero de óleo en el que piensa emprender una travesía solitaria por mares imaginarios. –¿El arte le ayudó a cicatrizar algunas heridas de la memoria? –El arte y la guerra son antagonistas terribles. En mi caso, creo que la vocación por el arte nació conmigo. Mi madre era modista y me enseñó, con mucho amor y dedicación, la combinación de colores, a distinguir texturas y a reconocer las virtudes de las telas. A mi padre casi no lo conocí porque murió joven, pero conservo cuadros que pintó. Mi casa estaba repleta de discos y de libros. Y Dresde era una ciudad que producía mucha cultura. Estaba llena de teatros, de bibliotecas... –¿Qué imágenes conserva de su infancia en Dresde? –Era una ciudad muy bella. Tenía muchos castillos, lagos y un perfil urbano definido por arquitectos italianos. El río Elba la cortaba en dos partes, como a Budapest y otras metrópolis antiguas de Europa. Después de los bombardeos, todo quedó en ruinas. Tengo recuerdos caminando hacia la escuela, cruzando por sobre los escombros, entre casas que tenían huecos en lugar de puertas y ventanas, columnas de fuego por todas partes y el humo desparramado por el viento manchando todo de negro. Los ojos celestes de Andrea se cubren de lágrimas que se resisten a caer. "Discúlpeme, pero los viejos nos ponemos sensibles", dice con un ademán de pudor. –¿Le costó mucho realizar su vocación artística en esas circunstancias? –Una persona sensible va a hacer siempre lo que siente y los pueblos cultos serán lo que deban ser, cualquiera sean las circunstancias. Durante la guerra y la posguerra, pese al hambre y la destrucción, en Dresde las escuelas siguieron funcionando. Yo fui a una de pueblo de la que sólo se salvó de las bombas el aula magna. Ahí había un piano de cola y en las fiestas se tocaba música, se cantaba y ornamentaba con flores. En cambio, la escuela de mi hijo en el pueblo de Santa Fe donde viví 30 años, tenía patio de baldosas y un edificio muy lindo, pero en los actos se cantaba el himno con un disco rayado. Dresde recuperó su impronta cultural y el pueblo santafesino no cambió, pese a ser muy rico. –Las bombas, entonces, destruyeron todo, mataron a miles de personas pero no pudieron con la cultura... –La cultura también sufrió mucho pero la herencia cultural se conservó. Aún en la época de la Alemania comunista (Dresde formó parte de la República Democrática, bajo el régimen soviético) había tres o cuatro teatros que funcionaban todas las noches. Teníamos las decoraciones ordenadas por números en magazines. Cambiábamos toda la escenografía en media hora. Trabajábamos mucho pero lo disfrutábamos más. De niña deseaba vivir en un teatro, donde de cada puerta saliera música, baile, canto... El teatro es una especie de meca donde confluyen todas las artes. –¿Cuándo comenzó a pintar? –Cuando viví en un pueblo del interior de Santa Fe. Mi segundo marido (un argentino que conoció en Alemania occidental) manejaba un campo. Era una sociedad de mujeres dedicadas a las tareas del hogar, demasiado cerrada. La pintura me hacía, y me hace, sentir libre. –¿Le costó mucho adaptarse a nuestro país? –Cuando pude salir de Alemania comunista viví en África y luego en Alemania occidental. Fue difícil porque estaba acostumbrada a una vida donde el Estado te asistía en todo. Tuve que trabajar mucho para sobrevivir. Llegué a Argentina en 1967 y viví en Buenos Aires unos meses, después varios años en Rosario y, luego, 30 en el campo con mi esposo y mis hijos. Cuando me separé vine a Villa General Belgrano y ahora estoy acá, en Córdoba, de donde no pienso moverme más.

