La costumbre de ir para atrás
Es como si dispusiéramos de gas natural pero necesitáramos garrafas porque el servicio se corta seguido.
Es como si dispusiéramos de gas natural pero necesitáramos garrafas porque el servicio se corta seguido. Es como tener agua corriente, pero tener que acudir a camiones cisterna porque no alcanza. Sería como pagar el cable e Internet a dos compañías, porque una se cae todo el tiempo. O contratar dos líneas de telefonía celular porque una de ellas a veces no funciona.En rigor, ninguna de las situaciones anteriores suena tremendamente descabellada. Quizá por eso, en los últimos años nos acostumbramos a esta realidad: quien no sufre ni un corte de energía en un año es un privilegiado. Un suertudo. O un mentiroso. Por eso pasa casi inadvertido un cambio de costumbres que se hace más evidente en verano: tener un generador eléctrico ya no es un lujo o una necesidad extraordinaria, sino un hábito indispensable para comercios, centros de salud y viviendas particulares. Entidades que, de paso, pagan la factura de luz religiosamente. Con todos los cargos y recargos.Corrobora esta situación el boom de ventas de equipos y la ola permanente de reclamos por cortes de servicio, siempre más abultada que los comunicados oficiales.Se trata de un cambio de paradigma que nos hace retroceder varios modelos de desarrollo. También es una paradoja: la nueva tecnología –generadores cada vez más accesibles– nos ayuda a cubrir la falta de inversiones.A la gente no le importa si la Nación es más culpable que la Provincia o viceversa. Sí les gustaría una solución.

