“Hay colegios que son tierra de nadie”
Un ilustre maestro de música legó a sus hijas el mandato de formar a los niños y jóvenes más desprotegidos.
Un ilustre maestro de música legó a sus hijas el mandato de formar a los niños y jóvenes más desprotegidos. Fue el profesor Herbert Diehl. Ellas luego hicieron una fundación, a través de la cual hace dos décadas ofrecen sus servicios, totalmente gratuitos, a colegios urbano marginales.Además de docentes especializados, aportan o consiguen instrumentos y presentaciones para coros o pequeñas orquestas. Las actividades son autorizadas por el Ministerio de Educación. Sin embargo, a menudo no pueden cumplir con su cometido. "Los chicos son una maravilla, pero hay escuelas que son tierra de nadie", relató la profesora Ana María.Una de las últimas incursiones fallidas fue en la Azor Grimaut, de barrio Comercial. "Duramos tres años, hasta que se tornó insostenible. Los resultados musicales eran excelentes, por la predisposición de los alumnos. Ese colegio supo ser un modelo de escuela municipal, pero las fallas en la conducción y la violencia del entorno nos obligaron a desertar. Con todo el dolor del alma".En coincidencia con muchos de sus pares, Ana María señaló las variables que condicionan a los centros educativos marginales."Estén o no en la periferia urbana, ya que hay algunos muy problemáticos en barrios relativamente céntricos. Todo depende del espectro social, más que de lo económico", aclaró."Primero, la autoridad suele ser inexistente. En el caso de la Azor Grimaut, el director no aparecía nunca. Ni siquiera vino cuando los chicos cantaron en siete idiomas. Segundo, los padres o las familias trasladan el problema a la escuela. Las agresiones físicas o verbales entre alumnos, o de padres entre sí, contra alumnos o contra docentes, eran una constante que nos llevó a temer por nuestra salud. Tercero, hay docentes que aprovechan la falta de controles para faltar sin aviso, decretarse en asamblea, abandonar el aula, etcétera. Una maestra excepcional valoraba lo que hacíamos y por su cuenta nos llamaba para avisarnos que no fuéramos, cada vez que no había clases. Esto ocurría a cada rato y la música, como cualquier asignatura, necesita continuidad"."Pero en otros colegios a los que asistimos –agregó– no había una Mariela como la del Azor Grimaut, razón por la cual hacíamos muchos viajes inútilmente, costeados de nuestro propio bolsillo. Esta suma de factores adversos termina por desalentar a cualquiera, y los que más pierden, son los chicos", enumeró la docente.En esta mujer está muy fresco el recuerdo de sus alumnos que le mostraban las carpetas forradas con las fotos de sus hermanos o primos: "Te piden que mires y te van diciendo, 'este está en el Complejo Esperanza, este en Bower, a este lo mataron".Por mucha vocación que tenga un docente, no está preparado para la marginalidad. Pero aún así, la Fundación Diehl ha logrado perpetuar el legado de Herbert: la música sigue tocando y enseñando en sitios vulnerables.

