Entre aquella cultura y este tango de los sábados
Pareciera mentira que, lo que fuera eminentemente popular, un blasón de la argentinidad, hoy sea una actividad minoritaria. En ese y otros aspectos, el siglo 20 nos atravesó como un tsunami.
Ahora que apenas aflojó un poco el calor y corre una brisa interesante, tenemos esta hermosa ciudad de Córdoba a nuestra disposición. Las calles están libres de gente acelerada. Se puede entrar y salir de un despoblado Banco Nación, y hacer acopio mental para cuando vuelvan las colas a la intemperie.
Se disfruta viendo un policía por cuadra, saludando al vecino. ¿Será que hemos vuelto al vigilante en la esquina? ¿Cuánto nos va a durar tamaña felicidad?
Pero quizá lo más lindo es poder instalarse con termo y reposera en algún espacio verde. Lugares, hay: Costanera, Parque Sarmiento, de las Tejas, de las Naciones. Lo que no hay, o escasea, es la oferta musical y actoral.
Pasa que en Córdoba la cultura descansa en verano, sobre todo desde que buena parte de la misma quedó en manos del Estado, por decisión de los artistas.
No todos, desde luego. Los que piensan distinto no figuran en las nóminas que salen de despachos oficiales.
Milongueros
El centro luce maravillosamente vacío, bastante limpio y con algunos espectáculos gratuitos.
Sábados a la noche, tango en la Plaza San Martín. Da gusto ir. Parejas que bailan más concentradas que un campeón de ajedrez, pechito con pechito, cabeza con cabeza;
la voz aterciopelada de Ángel Vargas rasgando el cielo nocturno; regio ambiente, toda gente como uno, decidida a hacer algo con sus pies y, por qué no, con su vida.
Un espacio ideal para personas de toda edad, especialmente los de arriba de 50. Aunque también se ven jóvenes, calzando heréticas zapatillas. Igual le sacan viruta al piso, bajo la mirada atenta del General.
“Siglo 20 cambalache...”
Parece mentira que, lo que fuera eminentemente popular, un blasón de la argentinidad, hoy se haya convertido en una actividad minoritaria. En ese y otros aspectos, el pasado siglo 20 nos atravesó como un tsunami.
Un siglo muy productivo, hasta que alguien descubrió que la “cultura popular” podía rendir pingües beneficios. Se empezó a cobrar por lo que hasta entonces había sido a la gorra, o trocando.
Por ejemplo, no hay indicios de boleterías en el Oráculo de Delfos (antigua Grecia) o en los conciertos al aire libre propiciados por el joven Mozart. Gratis hoy sólo nos quedan los heroicos artistas callejeros… y la televisión en la versión de canales por aire.
Podríamos pasar horas discutiendo sobre el concepto de “popular” que imponen los medios. Lo equiparan a “masivo”, aunque sea dos cosas bien distintas.
Viva la palabrota
Ese criterio hizo que quien junta mucho público, o habla el “lenguaje de la calle”, sea un “artista popular”.
Por su parte, las masas bajan y suben el pulgar sin necesidad de dar explicaciones.
El “porteñismo” se diseminó por medio país. Los aplausos validan tendencias que tratamos de erradicar de la vida diaria. Pagamos para oír al actor Antonio Gasalla descerrajando guarangadas.
Nos maravilla que un actor aprenda a decir insultos variados de ya bastante aporreado cordobés básico.
Pensar que las maestras no saben qué hacer, para que los chicos no se hablen así en la escuela…
Además de palabrotas, tanto Gasalla como el plantel de Toc Toc despliegan un surtido de gestos obscenos.
Son excelentes comediantes, que acaso están haciendo lo que el público pide. Y paga para ello.
*Periodista

