El virus se acelera al levantar el dedo
En un pueblo de Punilla aparece un caso y, luego, la primera víctima fatal del coronavirus en Córdoba. El dedo de muchos marca como origen a una mujer que llegó desde Europa a visitar a esa familia. La marca es como culpable, no como otra víctima. Pero pasadas dos semanas, los investigadores de Epidemiología constatan que el “paciente cero” no fue ese y asoman otras hipótesis, aún abiertas.
En una ciudad del este provincial, un médico traumatólogo que había viajado a Chile regresa sin síntomas. Hace una cuarentena. Luego hace otra, porque en el sitio donde estuvo en aquel país se detectaron contagiados. Ahí aparece como positivo, aunque jamás tuvo síntomas. En aislamiento, dice estar “anímicamente destrozado” por los agravios que recibió... por estar enfermo.
En Sierras Chicas, un geriátrico suma más de 30 contagiados, pero el primero que avisa de un análisis que le dio positivo es un médico que allí trabaja. Primera lectura expandida: el profesional contagió a los demás. ¿Y si fue al revés? Aún no está determinado. Y en realidad no es lo que más importa, porque el profesional se está exponiendo todos los días para cuidar a los demás, y en una pandemia nadie está blindado a un contagio. Pero el dedo se levanta igual.
En un barrio de la Capital cordobesa, una pareja de trabajadores de la salud llega al edificio donde vive y recibe una estocada: una nota de sus vecinos en la que les piden que no regresen, porque pueden contagiarlos.
La lista sigue. Mucho más si se amplía a otras provincias.
Los casos de personas que son personal de salud rechazadas por sus propios vecinos son los que más duelen. ¿No serán varios de los mismos vecinos que aplauden a los “héroes” cada noche los que luego se muestran reaccionarios, ganados por el temor?
Por fortuna, cada caso de esos se entremezcla con muchos otros de historias de solidaridad y acompañamiento. Pero son indicios, que encienden alertas.
No sólo se trata de la necesidad de tener una mirada más empática para con el otro, más allá de los temores que nos inundan a todos. Debiera, además, asomar la admisión –ante la evidencia– de que el virus puede afectar a cualquiera. De hecho, el número de contagiados crece y crecerá en el país, al menos por varias semanas, según advierten los expertos.
Pero hay una razón aún más poderosa para evitar las estigmatizaciones que nos lastiman como sociedad: si perciben esas miradas, habrá menos personas con actitud de presentarse a un centro médico para consultar por sus síntomas. Y ahí perdemos todos, otra vez.
Paremos la pelota antes de levantar el dedo.

