El miedo a ser evaluados
Que un sindicato llame a no hacer una evaluación educativa es como pregonar la paz pero resistirse al fin de la guerra.
Puede sonar lógico que algunos interpongan argumentos metodológicos a las pruebas Aprender, a cuya utilidad se hace referencia en esta edición. Se trata de la evaluación educativa para estudiantes de los terceros y sextos grados y años de las escuelas púbicas y privadas de todo el país.También es comprensible que otros las cuestionen por el hecho de si había realmente necesidad de modificar los exámenes respecto de los que se venían haciendo. Cuando, por otra parte, no parece haber muchas diferencias entre unos y otros.Lo que no se termina de entender demasiado es que incluso en estas pruebas educativas, fundamentales para trazar un diagnóstico y para diseñar políticas indispensables para el desarrollo individual y colectivo, se continúen poniendo por delante intereses sectoriales.Llamar desde un sindicato a no presentarse a una evaluación educativa nacional –más allá de las críticas que merezca– es como pregonar la paz pero resistirse a cualquier acuerdo para finalizar la guerra.Argumentar que un chico tiene derecho a no ser evaluado es creer que el desarrollo de un país se hace por generación espontánea. Es la falsa idea que enfrenta la igualdad con el mérito, como si ambos conceptos no pudieran reconciliarse en las mismas políticas.Es lógico: se trata de una forma de entender el mundo que, en la práctica, alimenta por ejemplo la resistencia a que haya concursos para conseguir un empleo en el sector público.Con las consecuencias que todos conocemos en el funcionamiento del sector público.Por otro lado, quienes ingenuamente creen que evaluar estigmatiza individualmente, no vieron los resultados de las anteriores pruebas educativas –con rendimientos que siguen cayendo–, que muestran lo que somos como sociedad, no como individuos.

