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Ya no somos los que éramos

Ya no debatimos sólo sobre colegios destruidos. Ahora hablamos de derechos y de la capacidad de decir y de escuchar. Mariana Otero.

09 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Ya no somos los que éramos

"Nos tienen miedo", gritó un muchacho del Deán Funes antes de volver a cruzarse anoche con la mirada del ministro Grahovac. Sin quererlo, el adolescente daba una lección en tres palabras. Es que si hay algo que abunda en estos días de convulsión estudiantil es el temor. Temor a la desestabilización, al conflicto permanente, a no tener respuestas. Temor a que el problema original mute a otros ocultos o ignorados, a no estar a la altura de las circunstancias, a sentir que el mundo es algo más incómodo cuando se resiste a quedarse quieto. La discusión ha cambiado a poco de andar: hay "pro" toma y "contra" toma. Ya no discutimos sólo acerca de si las escuelas están rotas, si la ley de Educación se realiza para beneplácito de la Iglesia Católica y las empresas o cuánto de cierto tienen los planteos. Ahora debatimos más: los derechos de unos y de otros, la verborragia desmesurada, la capacidad de decir y de escuchar. Es como un sacudón a la modorra cotidiana, como si volviéramos a estar vivos. Un puñado de chicos, cuya representatividad en 300 mil secundarios es apenas significativo, ha puesto en apuros al poder político y a la ciudadanía. Todos fueron cambiando con el correr de las horas. En un principio, el Gobierno provincial insistió en que no se movería un paso de la posición de diálogo, pero se encargó de realizar movimientos ajedrecísticos para intentar fracturar a las agrupaciones. Como en las viejas épocas de sindicalista, el ministro de Educación caminó las escuelas, prometió, gestionó y se aseguró de que la tropa interna se moviera en consonancia. Entregó un plan de obras, lo mejoró a gusto de los estudiantes y luego se vio obligado a ofrecer una hora de clase por día para debatir lo que debió haberse hecho en julio, con tiempo y con ganas. La decisión de aplicar las faltas fue la última esperanza –la prenda de negociación– para quebrar la resistencia del núcleo estudiantil más intransigente y generar la participación de los actores que se mantuvieron en un sospechoso silencio: los padres de quienes toman y no toman las escuelas y los docentes que aplauden o callan. En verdad, la medida es simbólica y, en los hechos, inaplicable. De seguir la toma, más de la mitad de los alumnos de esos colegios deberían rendir todas las materias en diciembre o febrero, con el enorme riesgo de quedarse de año. Habría un colapso de las mesas de examen, ya saturadas sin conflicto.El ausentismo es un problema serio a esta altura del año. Sólo en el Colegio Deán Funes se habían pedido 600 reincorporaciones de un total de 1.400 alumnos, hasta hace unos días. Cada año, el 20 por ciento de la matrícula de nivel medio en promedio pide la reincorporación. Hay casos en que sólo la solicita el cuatro por ciento, y por causas justificadas, y hay otros en los que el 50 por ciento de los alumnos la requiere. Algunos arrastran 50 faltas (el tope es de 30): casi un tercio del año escolar no van a clase. Quizá éste sea otro tema del que tengamos que empezar a hablar.