Problemas propios y ajenos
El crecimiento de las escuelas secundarias rurales fue exponencial en la última década. Mariana Otero.
El crecimiento de las escuelas secundarias rurales fue exponencial en la última década. La idea se concretó en 2000, con 27 establecimientos que buscaban garantizar la educación de los adolescentes alejados de las ciudades. Hasta entonces, la mayoría abandonaba los estudios al terminar la primaria. Hoy, 127 colegios rurales reciben al 10 por ciento de la población secundaria de Córdoba. En plena transformación, estas escuelas oscilan entre resultados académicos aceptables y la irrupción de problemas sociales y de aprendizaje, propios y ajenos.Datos oficiales ilustran el panorama. Una investigación del Ministerio de Educación provincial, de 2010, revela que la tasa de promoción en el ámbito rural ronda el 73,5 por ciento, un indicador superior al que se registra en el urbano. La tasa de repitencia llega el 13,4 por ciento, menor que el promedio provincial; la tasa de abandono es del 11,8 por ciento, y la de sobreedad es muy elevada: 51,9 por ciento. Datos de la realidad indicarían que las rurales se acercan bastante al ideal de escuela: pocos alumnos y atención personalizada en espacios donde se celebra el encuentro y abunda la cooperación comunitaria. Es simple: los maestros conocen cada historia en particular (algo imposible en las aulas superpobladas de la ciudad) y cuidan de manera especial a sus alumnos. Contención plena. Los docentes explican con claridad que esos niños, como todos, necesitan ojos que los miren, manos que los abracen y educadores que crean que son capaces de aprender. Si ocurre, esos chicos podrían revertir un destino de pobreza o marginalidad. Por eso, hay maestros que los buscan si se ausentan; los llevan a los centros sanitarios, si sus padres no se ocupan; controlan que no reciban castigos físicos, que coman y que no sean explotados. Es cierto, también, que cada escuela es diferente y está marcada por su población. Hay casos en que los chicos son criados por abuelos analfabetos, mientras ellos mismos cuidan a sus hermanos pequeños, colaboran en las cosechas y levantan las paredes de la vivienda. Las maestras tutoras –una especie de profesionales multifunción– saben que sus alumnos no deberían trabajar antes de los 16 años, pero también conocen los riesgos que corren si no contribuyen con la economía familiar. Una docente lo resumía así: "Desde pequeños, viven la vida real". En otras palabras, la que deberían vivir después de la infancia. A esta realidad, las rurales suman desde hace un tiempo problemas ajenos, como es decidir la inclusión o exclusión de chicos expulsados de las escuelas de la ciudad. Y no es sólo una cuestión de espacio o de jurisdicción: es un dilema moral.
