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Disciplina no es una mala palabra

Nora Alterman, reconocida investigadora y pedagoga, además de directora de escuela, asegura que el estallido de un hecho violento siempre va precedido de síntomas, marcas, señales, indicios.

11 de mayo de 2014 a las 12:01 a. m.
Disciplina no es una mala palabra

No hay una única causa que explique por qué ocurren actos de indisciplina, hechos de violencia o conflictos de convivencia. Siempre confluyen razones familiares, personales y contextuales. La vida transcurre fuera y dentro de la escuela, y no hay forma de disociarla.

Nora Alterman, reconocida investigadora y pedagoga, además de directora de escuela, asegura que el estallido de un hecho violento siempre va precedido de síntomas, marcas, señales, indicios. Nada surge de la nada. La primera consideración es que la indisciplina, como transgresión de las normas establecidas, no deriva necesariamente en violencia.

La segunda es que la mala conducta existió siempre, aunque ahora sus consecuencias aparecen en el espacio público y en la prensa.

La tercera deriva de la incorporación a la secundaria de alumnos que arrastran fracasos escolares y que, por la fragmentación de su trayectoria, suelen desconocer normas escolares.

El problema, claro, no está en la expansión del sistema, sino en las consecuencias de integrar y contener sin hacer sentir parte a quienes se les abren las puertas. Quien no encuentra un lugar, difícilmente respete leyes y reglas. Alterman asegura que, en este punto, los adultos son los principales responsables. No son, y no pueden ser, meros espectadores.

En la misma línea, la corriente pedagógica que apuesta a restituir el sentido original del término disciplina pretende divorciarlo de la connotación autoritaria y militarista con la que comúnmente se la asocia. Por el contrario, busca vincularla con la enseñanza.

Educar, entonces, aparece como sinónimo de disciplinar. La pregunta es cómo hacerlo. Los especialistas creen que la respuesta está, en parte, en la manera de organizar una clase y en cómo generar las condiciones para que se produzca la transmisión de conocimientos.

Según este criterio, cuando el modo de enseñar atrapa al alumno, la mala conducta se transforma sólo en un mal recuerdo.