Doble exilio en el cuerpo
El cuerpo es, desde que nacemos, nuestra situación en el mundo. Todo ocurre a partir de ahí. Así, todo acontecimiento se sitúa en el cuerpo, por obvio que parezca.
El cuerpo es, desde que nacemos, nuestra situación en el mundo. Todo ocurre a partir de ahí. Así, todo acontecimiento se sitúa en el cuerpo, por obvio que parezca. El nacer es uno de esos acontecimientos. Y con el nacimiento necesariamente el hombre ocupa un lugar en la tierra. Si bien es cierto que no hay derechos naturales, hay por el contrario exigencias que se siguen de la condición humana: el poder ocupar un espacio es, entonces, una exigencia de nuestra condición. Desde ahí, siguen otras tan elementales como el cuidado, el alimento, la vivienda, el trabajo y también aquello que nos eleva de la mera animalidad: el disfrute a través del acceso a objetos o a actividades que forman parte del aparato de seducción de un sistema, cuyos vicios no discutiremos acá.La situación del cuerpo incluye su epidermis, sus rasgos, sus gestos, una trama significante, más las marcas de su historia, que es siempre una historia colectiva. A veces, resulta una historia dramática que, por una u otra razón, lo conduce al exilio.El exilio, en todas sus formas, es un desgarro. Ser expulsado de una tierra es negar la condición humana, la propia y la del otro, es desobedecer la exigencia del cuerpo situado, que en algunas circunstancias, a duras penas, estrecha algún vínculo en el desarraigo que le genera lo impropio. Así, en estos días en la ciudad de Río Cuarto, como en otras antes, se ha cometido el exceso de desapropiar al hombre de la exigencia de su condición. En este caso que nos ocupa, resulta entonces doblemente exiliado el boliviano que dejó su tierra, su paisaje y su historia para situarse al resguardo de otros hombres que asistan su humanidad –aunque sea en tierra extraña– y no sabe dónde poner su cuerpo. Por eso, podemos hablar de un penoso doble exilio.
*Docente e investigadora de la Universidad Nacional de Río Cuarto

