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Diana, la colombiana que llegó gracias a un amor virtual

Es de Cartagena de Indias. Conoció a su marido en un chat cristiano. Dejó todo, renunció a su empleo y se embarcó hacia la Argentina. Hace cinco años que está casada con el cordobés que conoció por Internet y tiene tres hijos cordobeses. Dice que le gusta la unión familiar y la tranquilidad; y, que cambió el café por el mate.

28 de marzo de 2015 a las 08:56 a. m.
Diana, la colombiana que llegó gracias a un amor virtual

Cinco años atrás, la colombiana Diana Palacio (38) ignoraba por completo que existía Córdoba y mucho menos imaginaba que el destino la llevaría a ese punto desconocido en el mapa.

Ahora, Diana no sólo vive y le encanta la ciudad sino que está casada con un cordobés y tiene tres hijos cordobeses. Todavía no lo puede creer.

“Disculpen la humildad”, dice la mujer de risa generosa y contextura caribeña, al invitar a ingresar al departamento que la familia comparte con sus suegros, en barrio Mariano Fragueiro.

“Tenemos un terreno, pero no podemos construir por ahora”, se disculpa.

Diana nació el 1° de diciembre de 1976, en Cartagena de Indias, esa ciudad de ensueño, bella, bulliciosa y alegre, a orillas de un mar de colores, que Gabriel García Márquez describe en muchos de sus libros.

De esa tierra caliente llega Diana, cuya vida también tiene algo de novela.

La primera partida

“Mi infancia fue muy tranquila la verdad, como todo niño. Yo soy la última de cuatro hermanos. Mis papas, cuando yo tenía 10 años se separaron y yo quede viviendo con mi mama”, cuenta.

Diana terminó un secretariado ejecutivo después de concluir la secundaria. Poco después, a los 23, emigró a la vecina Venezuela en la búsqueda de trabajo. En Caracas se instaló con una tía y vivió durante una década.

“Fue un poco difícil al principio, porque fui sin documentación. Allá no es como aquí. Eso es algo que me gusta de la Argentina: que le da mucha importancia al extranjero, y lo tratan diferente que en Venezuela”, subraya.

En la capital venezolana trabajó casi tres años en casas de familia, como empleada doméstica, hasta que tuvo los papeles en regla y encontró empleo formal. Fue secretaria en una clínica y, luego, en un consultorio odontológico.

Hasta que, con ayuda de la tecnología y bastante coraje, decidió emprender la aventura hacia Córdoba.

Amistad virtual

Diana conoció a Claudio, su actual marido cordobés, empleado de una empresa de seguridad, en un foro virtual cristiano, al que ingresaba en sus tiempos libres en Caracas.

“Nos conocimos por Internet y comenzamos una amistad, sin futuro. Como conocí a un montón de gente más, lo conocí a él. De a poco fuimos intimando más, aún por Internet que es tan ficticio todo. Conoces a alguien que no sabes si te está diciendo la verdad o mentiras”, razona Diana. Nunca imaginó que la relación iba a llegar tan lejos.

“En un momento, empecé a extrañarlo cuando no me escribía y empezó a surgir un sentimiento. Fue algo inexplicable. Es algo que uno como cristiano siente. ¿Viste que uno no ve a Dios, pero uno dice amo a Dios? Esto es así, es algo que tú no ves, pero quieres. Así pasó con él”, resume.

“Luego sentimos la necesidad de conocernos en persona. Pero él no tenía los recursos, por lo que fui yo la que decidí venir a conocerlo”, relata Diana.

Habían chateado durante más de un año, habían intercambiado fotografías, y hasta habían hablado de una relación formal.

“Teníamos algo por Internet, pero no quería seguir perdiendo el tiempo en algo que no iba a funcionar. Así que la clave era conocernos en persona, para ver si había química”, explica.

La idea de tomar un avión a conocer a un hombre de un lugar lejano, que le había propuesto matrimonio por Internet, generó la inquietud de familiares y amigos.

“Mucha gente estaba en contra, porque era algo riesgoso. Si bien habíamos hablado por teléfono, yo ya había hablado con su mamá y con su hermana… Pero igual, era alguien que yo no conocía en un lugar bien lejano. Fue un riesgo, pero me metí de cabeza, como decimos nosotros, y me vine”, recuerda la mujer.

En la Semana Santa de 2009, Diana llegó a Córdoba. Regresó, un año después, para la boda.

“Me vine por dos o tres días. Me acuerdo que llegue al aeropuerto con los nervios de punta. Él estaba ahí, esperándome, con su mamá”, narra. Y sigue: “Esos dos días que estuve hablamos mucho. Él también es cristiano y por ahí uno tiene una forma de pedirle las cosas a Dios. Y yo quería tener una familia; ya no era una jovencita. Tenía 33 y él, 35”.

Diana asegura que “hubo química”, esa con la que ella soñaba antes de tomar el avión.

Regresó a Venezuela, por sus obligaciones laborales y Claudio se encargó de todos los trámites del casamiento.

En enero de 2010, Diana renunció a su trabajo en Caracas y volvió a Córdoba. “Nos casamos el 8 de abril por el civil y el 10 de abril por la iglesia cristiana. Vamos a cumplir cinco años de casados y ya tenemos tres hijos”.

Buenas impresiones

Diana remarca que lo que más le gustó de Córdoba, al llegar por primera vez, fue la tranquilidad. Venía de una urbe enorme como Caracas, y antes, de Cartagena, también bulliciosa y movida.

“Córdoba es una ciudad distinta a lo que yo viví. Caracas, como capital es una ciudad muy movida, mucho tráfico, mucha gente, mucho alboroto, mucho ruido y yo aquí en Córdoba no vi eso. Eso fue algo que me gustó de entrada en esos dos días que vine. Percibí la tranquilidad y eso me gustó”, insiste.

“Cartagena, no es muy tranquila, es una ciudad pequeña y tiene demasiados habitantes, vehículos, es un tormento”, asegura.

Córdoba, además, le parece segura. “Yo sé que a ustedes les cuesta un poco creerlo, pero es más segura Córdoba que otras ciudades, que Caracas y Cartagena, que son los lugares en los que yo he estado”, subraya.

Pero si hay algo que Diana destaca es la forma de relacionarse de las familias. “Ustedes comparten mucho. La familia de mi esposo, a pesar de ser bastante pequeña, es unida. Siempre están en los cumpleaños, en los actos de los chicos. Eso me llamó la atención y me gusta”.

El poder de las palabras

La adaptación no fue fácil. Extrañaba. Hasta que nació Lucas, hoy de 4, el primero de sus tres hijos con nombres bíblicos (Gabriel, de 2 años, y Andrés, de dos meses).

“Vino mi hijo y mi amor, mi tiempo, mi todo, lo dedicaba a él y de a poco me fui acostumbrando. Después vino el segundo, después el tercero y ya estoy más que adaptada”, se ríe.

Diana reconoce que en algún momento pensó en regresar a Colombia, pero Claudio no quiere abandonar Córdoba. “Yo no le tengo mucho miedo a empezar en otro lugar. En cambio a él si le cuesta”, explica.

Como era lógico, en los comienzos, lo más complicado fue la convivencia. “De repente vengo yo con mis maletas; empezar a vivir juntos no fue nada fácil. Necesitamos tiempo para conocernos bien. Fue difícil porque no tuvimos ese noviazgo de otras parejas. Lo nuestro fue puramente  virtual”, remarca.

Diana dice que es difícil de explicar cómo es posible enamorarse sin conocerse. Todo, al parecer, lo hicieron las palabras.

“Yo le digo a él, que es muy tímido, y yo soy más abierta, más dada, que la única manera que teníamos que conocernos era por Internet. Él por Internet hablaba y hablaba y escribía y escribía. En cambio, en persona le cuesta mucho hablar”, remarca. “Sí, las palabras fueron las que nos enamoraron”, concluye.

Una decisión audaz

“Antes del viaje uno se hace esa pregunta ¿qué va a pasar si no funciona? Yo venía con toda la fe de que sí iba a funcionar. No venía pensando que todo iba a ser color de rosa. Sabía que iba haber dificultades. La  verdad que gracias a Dios si funcionó y ya, a casi cinco años de casados con tres hijos, imagínate si no va a funcionar”, festeja.

En el primer viaje, cuenta Diana, muchos amigos y familiares se preocuparon: les parecía demasiado audaz e inseguro. “Yo ahorita lo pienso y digo: ‘la verdad que fui arriesgada’. Quizás si vuelvo el tiempo atrás no lo hago”, se ríe.

Cara a cara

El día que se vieron en el aeropuerto de Córdoba no supieron qué decirse. Por suerte, la mamá de Claudio rompió el hielo preguntando detalles del viaje. “Ayudó mucho que él estaba con su mamá. Capaz que si nos encontrábamos solos, nos quedábamos callados, no nos decíamos nada –se ríe–. Al día siguiente él me contó que estaba un poco nervioso, porque no me veía salir”, recuerda Diana.

Y confiesa que cuando el avión aterrizó se quedó al final para salir última. La consumía la ansiedad. “Me dijo que veía salir gente y que no me veía y decía ‘esta se arrepintió, se quedó en algún lado’”, relata.

Y sigue: “Yo siempre le digo a Claudio: ‘menos mal que yo tuve la iniciativa de venir, porque yo no creo que tú hubieses ido’. Lo de la falta de dinero era cierto, pero fue una excusa. Él no se hubiera atrevido viajar. Estaba escrito que yo era quien tenía que venir a conocerlo, sino todavía tendríamos un romance por Internet”.

De sangre caribeña

Diana asegura que no se siente extranjera, sólo lo recuerda cuando la gente la escucha hablar. “Me dicen: ‘vos no sos de aquí’, ‘tu tonada es distinta’. Me lo dicen siempre, se me nota el acento. En el hospital donde han nacido mis tres hijos, el trato ha sido de diez; en Migraciones, también. En ningún lugar adonde he ido a hacer algún trámite me he sentido diferente, distinta”, plantea.

Las comidas también le recuerdan que no es argentina. Cuando desea comer platos colombianos, Diana los prepara para ella sola. “Ni a mis hijos les gustan, ya están acostumbrados a las de acá”, dice.

Diana ama las empanadas criollas y las árabes. ”El mate también me gusta mucho, dulce. Me ha costado, porque me quemo. Cuando mi suegra me invita, trato de tomar los últimos, cuando el agua está un poco más fresquita. De hecho yo dejé el café por el mate”, cuenta.

Extraña su familia, pero no las costumbres porque, dice, las de aquí le resultan atractivas. “Me gusta lo familiar, el tema de la escuela, de inculcar el amor a las fechas, hasta la misma bandera. Ustedes tienen mucho apego a la bandera, a los colores. Nosotros no celebramos el Día de la Bandera”, explica.

Diana dejó todos sus recuerdos colombianos en su tierra natal. Lógicamente, sí trajo consigo su natural e inconfundible cadencia caribeña. “Sí, bailo en la iglesia, cuando ponen algún ritmo diferente. ¿Viste que ahora en música cristiana tenés en todos los ritmos? En la iglesia a donde yo voy ponen unas alabanzas medio merengosas y yo me muevo (…) Como me lo dijo un hermano en la iglesia una vez, que yo tenía ese ritmo caribeño en la sangre”.

Fotografías: Javier Cortez.

Colaboración Leandro Agustín Acosta, de la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (Ucic).