Dicen que si vemos lo que pasa en Europa tenemos en la mano el diario del lunes.
Aquí se propone otra analogía: el ataque del coronavirus es hoy como el del mejor Barcelona, el de Pep Guardiola en el banco y Lionel Messi en la cancha.
No hay nada más previsible. Es imposible de defender el partido completo, por más que se armen dos líneas de cuatro, todos en el fondo, como lo aprendieron el Celta de Vigo o el Leganés.
No parece difícil adivinar qué pasará cuando llegue al país, con toda su potencia, el coronavirus. El tema es cuándo ocurrirá.
Ganar tiempo es sinónimo de perder menos vidas. Pero un solo error puede ser fatal: Messi no perdona.
Ayer, la secretaria de Acceso a la Salud de la Nación, Carla Vizzotti, lamentó que se haya sacado a la calle al grupo más vulnerable, los adultos mayores, para hacer colas frente a los bancos para cobrar sus jubilaciones. Pero relativizó el impacto concreto del episodio porque, dijo, el aislamiento social viene conteniendo en el país el avance de la circulación social del virus.
La magnitud del daño de las colas en los bancos recién será visible en el sistema epidemiológico en una semana o 10 días: si la curva de nuevos casos toma un ritmo logarítmico, sabremos que la defensa se perforó y el ataque del Barça, del coronavirus, ya hizo su fría y eficiente tarea.
Un médico que visita a un paciente febril que es un potencial contagio de coronavirus sabe, hoy, que sólo basta un error. No importa que se cubra manos y cara, que incluso use un protector para los zapatos. Si se salta un paso en el protocolo de ingreso a su casa o el hospital, se cuela el virus. Tiene que reaprender movimientos que eran naturales.
Es lo mismo a escala macro: la sociedad tiene que reaprender sus modos de relación y deconstruir los contactos de cercanía, desnaturalizarlos y recubrirlos de profilaxis.
Y aun así, ganará el virus. Pero si le cuesta semanas (incluso meses) hacerlo, habrá más herramientas para tratar a los enfermos. Médicos, camas, insumos críticos, pero sobre todo conocimiento. La mejor ciencia del mundo está tratando de hallar el antiviral y la vacuna.
En España, hablan de “quebrarle el pescuezo a la curva de contagios” y “comenzar la desescalada”, en forma lenta, progresiva, cuidando de no provocar un rebrote. Aquí, aún no empinó la curva y ya se hace inviable sostener la cuarentena estricta. Incluso, el error de las colas en los bancos parece haber actuado, en algunos sectores, como un “ya fue”.
Y no es difícil saber qué pasará sin aislamiento social, sin testeos y bloqueo a contactos estrechos de casos sospechosos, sin medidas que corten la circulación del virus, que usa a las personas como enfermos y a la vez vectores de la enfermedad.
No hay nada más previsible que el ataque del coronavirus. Para ejemplos, ahí están Brasil y Estados Unidos, juntando cadáveres.
¿Cuántos muertos son tolerables? El año pasado, la influenza y las enfermedades respiratorias mataron a 31 mil personas en el país, según revelaron desde el Ministerio de Salud de la Nación. La combinación de los brotes hace matemáticas espeluznantes.
Frente al comportamiento depredador del coronavirus, totalmente previsible, realza lo que es impredecible: qué haremos como sociedad.

