Versión libre: Política de la intimidad
Reseña de Veintiún poemas de amor, de Adrienne Rich.
Tal vez no la poesía lírica, pero sí la conciencia del poder de la poesía lírica surgió de una poeta que amaba a las mujeres y por la que la homosexualidad femenina recibe el nombre de lesbianismo: Safo. Esa conciencia se vuelve explícita en el famoso fragmento en el que dice que prefiere ver el destello del rostro de su amada antes que los carros lidios y los soldados que luchan con sus armas.
La historia de la intolerancia sexual, sin embargo, hizo que para las lesbianas fuera inevitable unir la épica y la lírica. Más de 2.500 años después de Safo, los Veintiún poemas de amor de Adrienne Rich, escritos y publicados originalmente a mediados de la década de 1970 en los Estados Unidos, no podían concederse el elegante desdén con que Safo trata a los soldados.
Era impensable que el horror y la belleza se desanudaran en la poesía de una mujer que había estado casada durante más de una década, que había tenido tres hijos y un marido suicidado, y que en la época de escritura de estos poemas convivía con otra mujer y ya era una figura destacada de la causa feminista. “Tenemos que entender que nuestras vidas son inseparables/ de esos sueños rancios, del borboteo del metal, de esas desgracias/ y de la begonia roja que destella peligrosamente/ en la cornisa de un edificio de seis pisos”, se lee en el primer poema de la serie.
La fuerza de Anne Rich, su riqueza (podría decirse en un obvio juego de palabras bilingüe) reside en que la asunción de que la vida íntima es política no es un acto de resignación ni de afirmación sino de creación, como se ve en el sexto poema de la serie, en el que elogia las manos chiquitas de la mujer que ama: “manos como esas podrían ejercer una violencia inevitable/ con tal moderación, con tal comprensión/ del rango y de los límites/ que la violencia se volvería obsoleta para siempre”. O bien en este otro, menos ambicioso: “dos mujeres juntas son un trabajo/ que nada en la civilización hace sencillo/ dos personas juntas son un trabajo/ heroico en su simpleza”. O en este otro, casi idílico: “Cualquier cosa que hagamos juntas es pura invención”.
Como todo gran poeta, Anne Rich hace posible lo que parece de antemano imposible: fundir en una misma materia poética su vida cotidiana, su agenda política y social, su erudición y –tal vez lo más difícil– la poderosísima herencia del romanticismo anglosajón, con su carga visionaria y su idea casi religiosa de que el yo se inventa a sí mismo en el poema. Esta última concepción termina imponiéndose de forma ambigua –débil diría Harold Bloom sin imaginar hasta qué punto su amonestación sería un elogio– también en Veintiún poemas de amor, en la última parte del libro (la de la separación), cuando, en el poema 20, la mujer que amó ya no es un "vos" sino un "ella": "… Y esta es ella/ con quién traté de hablar/ cuya cabeza lastimada y elocuente/ al apartarse del dolor, se sumerge más hondo/ donde no puede escucharme,/ y pronto voy a saber que le estuve hablando a mi alma".
Veintiún poemas de amorAdrienne RichTraducción: Sandra ToroPostales Japonesas2015 Córdoba

