Un amor inconcluso en tiempos de guerra (reseña)
"Demonios familiares", novela póstuma de Ana María Matute.
La multipremiada escritora catalana Ana María Matute (su distinción más reciente fue el Cervantes, en 2010) murió el año pasado mientras escribía Demonios familiares. Esta novela se presenta entonces como un testamento literario, así propagandizado por su editorial y resaltado por el crítico Pere Gimferrer, prologuista de la obra, quien la parangona por su carácter inacabado con las novelas de Kafka y "los volúmenes póstumos de Proust". De todos modos, el lector percibe la mutilación porque la forma y las promesas del relato prefiguran una resolución de la historia.
La historia: 1936, España, en un pueblo llamado La Era, durante las primeras escaramuzas de la Guerra Civil. Eva, una adolescente de 16 años, regresa luego de un año a la casa de su padre (un coronel falangista inválido) debido a un incendio provocado por los republicanos que destruyó el convento donde se internó para ser monja. La narración en tercera persona, que no es la preponderante, se alterna con la mirada personal de Eva, que baña la situación con la desesperanza que el momento decisivo de su vida exige. El cedazo de sus vivencias aporta datos contradictorios que ayudarán a perfilar el argumento.
La prosa muestra sus destellos en las descripciones. Ahí Matute despliega sus armas con precisión y metáforas atinadas, mediante alusiones de objetos que complementan el sentido al integrarlas con las experiencias de los personajes y sus pensamientos.
Los diálogos, en cambio, aparecen un poco forzados en su empeño por borrar todo rastro coloquial. Personajes que, cuando hablan, parecen tratados con una uniformidad que emparenta edades, niveles culturales y rangos. Matute parece confesar el procedimiento poniéndolo en la misma boca del narrador: “Pero no reconocía el lenguaje particular que usaba cada uno de ellos. De pronto, todos hablaban como Magdalena…”. Sin embargo, este detalle, que es una toma de posición estética y no una debilidad, no arriesga la verosimilitud.
La historia entretiene, sobre todo porque se reconocen fácilmente en ella figuras literarias arquetípicas, moldes ortodoxos que ayudan a descomplejizar casi por completo: hay un Coronel; está su lacayo al que le dicen la Sombra y se llama, nada casualmente, Yago; hay una hija novicia, un ama de llaves consentidora y compinche, incluso una adolescente embarazada de un piloto guerrillero, Berni, enemigo político de la familia al que Yago y Eva ocultan clandestinamente en la casa y de quien la adolescente se enamora.
La suerte del enemigo ocultado reenciende la narración. Berni aparece malherido en el bosque que rodea la casa, y son el bosque y el desván de la casa, donde aquel convalece, los lugares inmanentes que cubrirán de referencias la dinámica de la novela. Entre ambos lugares trajina la enamorada Eva, quien “necesita amar y ser amada”.
El silencio y la falta de comunicación caracterizan el relato. Hay un uso poderoso y constante de la adjetivación que robustece aquellos silencios. En el tono, de ritmo poético, los sentidos sensuales se exacerban y cobrarán importancia argumental. l

Demonios familiares
Ana María Matute
Destino
182 páginas
$ 149

