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Roberto Espina: un arte que perdura

Roberto Espina es escritor, titiritero, actor, mimo y fiel guardián de la tradición oral y popular. Aunque dice que su biografía es imposible de contar, hace el intento. Define el quehacer teatral en las antípodas del mercado.

04 de febrero de 2016 a las 12:33 p. m.
Redacción La Voz
Roberto Espina: un arte que perdura
“Es patético haber vivido tanto y ver repetirse ciertas cosas”, dice Roberto Espina (foto: Pedro Castillo).

"Yo debería de estar muerto, sí, muerto; como murió la utopía. ¿Acaso no murió? Se acabó, ya no existe. ¿Yo qué carajo hago acá durando?". Aunque sale de su boca con los graves necesarios como para esgrimir un retablo imaginario sobre el aire veraniego de Río Ceballos, la frase no es enteramente de Roberto Espina. O sí. Le pertenece en realidad al Negro Pancho Morales, uno de sus tantos personajes. Pero viene al pelo para empezar a hablar de este escritor, actor y titiritero. De este geronte-gerundio que desde hace 90 años anda por ahí jugando, viajando, leyendo, contando, escribiendo, actuando, yendo, volviendo, aprendiendo, enseñando, faranduleando, amigueando, satirizando, fabulando, tangueando, teatrando y quién sabe cuántos andos y endos más.

En todo caso, lo bueno de estar vivito y “durando” es que a cierta edad, y después de haber visto el mundo de izquierda a derecha, de abajo hacia arriba, de adelante y de atrás, Roberto ya puede tomarse el atrevimiento de ir concluyendo. Aunque esa conclusión adquiera la forma de una pregunta o de una carcajada que deja una cosquilla amarga. “¿Por qué somos tan idiotas? Yo nací prácticamente con lo que considero el nacimiento de la Argentina, hablo de la primera vez que el pueblo elige quién se sentaría en el sillón de Rivadavia, porque a Irigoyen lo elige el pueblo, no la oligarquía con ciertos contubernios. Vi pasar a montones de gobiernos y vi también cómo los interrumpieron. Hasta la llegada del kirchnerismo, este fenómeno social y continental, porque sin la Unasur, Kirchner no podría haber hecho lo que hizo. La Unasur persiste, espero que no quede el edificio vacío. Los golpes fueron dados por militares, después por economistas, ahora participan más que antes los medios”, introduce Espina.

Y continúa: “A mí me asombra escuchar decir que este país es un desastre porque yo, que viví 90 años, conozco lo que ha sido la Argentina y desde que agarré la primera mamadera nunca vi tal abundancia de recursos. Yo tenía un solo pantalón cuando era adolescente y cuando tuve zapatos lo festejé. Hoy abundan las tiendas de ropa de alta gama, los vehículos de alta gama, hay vacaciones y turismo… Es increíble de lo que dispone esta humanidad. Estamos sumergidos en las cosas, en los objetos y estupidizados a tal punto que creemos que estamos mal. Estamos mal de la mente y del alma, no de los recursos materiales”.

Así, de palabras sencillas e interrogantes existenciales que cabalgan entre la inocencia y la crueldad están hechos los textos de Espina, reunidos en Obras Incompletas I y Obras incompletas II. En ambos volúmenes la reescritura de relatos populares, la fábula, la farsa y la sátira se complotan para preguntarse una y otra vez: ¿Qué es todo este absurdo? ¿Qué mierda nos pasa?

Títere del destino

La biografía de Roberto parece una travesía diagramada por Quijotes y Sanchos Panzas. Pero, no. Fueron el destino (disfrazado de ciertas personas) y los avatares políticos los que le marcaron un intenso y ondulante camino.

Cuando Roberto habla de su ingreso al mundo intelectual cuenta extrañado que de niño vivió en una casa sin libros (a excepción de una biografía de Shakespeare escrita por Víctor Hugo, que encontró en un baúl de su abuelo) y asegura que él no eligió nada, que todo fue obra de un demiurgo pícaro que movió los hilos para cruzarlo con las personas indicadas. La primera fue una maestra de la escuela: “En el último examen, a los 12 o 13 años, nos dan un problema de geometría. Y yo empiezo a ver qué pasaba con ese problema que no lo podía resolver, estaba la directora allí presente. Entonces armé en papel ese posible cuerpo geométrico. La directora me ve y sonríe, y yo me atreví a decirle que el problema estaba mal planteado. ‘Muy bien Roberto Espina’, me dice. La señorita Pitaluga se preocupa por mí, se compromete a prepararme para rendir el secundario y me sugiere que estudie Bellas Artes. Asisto a su casa. Su hermano era instructor de deportes, me ve alto y delgado: ‘Vos tenés que ser jugador de básquetbol’. Ingresé a Bellas Artes y me hice jugador de básquet en el club Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque. Salimos campeones de la liga. Me retiré a los 18 años del básquet con el título de campeón nacional”.

En Bellas Artes, Roberto conoce al maestro Demetrio Urruchúa, comienza a frecuentar su taller (refugio de anarquistas y exiliados de la Guerra Civil española) y se topa con Gerardo Pisarello, el escritor correntino radicado en Flores, dueño de una casa donde también pululaban artistas e intelectuales.

“Allí conocí el dulce de mamón, entre otras delicias”, recuerda Espina. Fue en ese ambiente de verborragia festiva donde una profesora de francés (otra médium del destino) le sugiere que estudie Teatro. Pero no en cualquier lado. No señor. Su dedo índice apuntó a un lugar determinado: la incipiente escuela Fray Mocho, un caldero de teatristas donde Oscar Ferrigno ponía a hervir toda la influencia que había sorbido de los grandes maestros de Europa.

"Otra vez señalo que yo no elijo, me mandan, me empujan, caigo y tuve la fortuna de caer ahí. Fui uno de los herederos de lo que Oscar sembró, por eso le tengo un agradecimiento infinito. Muchas obras mías son un producto de la experiencia en Fray Mocho. El resultado es un teatro que podría ser de la Unasur. Zorrerías, por ejemplo, es una fábula sobre lo que fue la llegada de los españoles. El zorro pasa a ser un animal totémico que desarrolla lo mismo que tienen que desarrollar los nativos para zafar de la autoridad: la picardía. Es increíble lo que puede significar la fábula. Es algo que aprendí de Oscar, indagando la tradición de la Comedia del arte, de los cuentos populares, de la memoria oral del pueblo. Zorrerías se estrena en Tucumán, me invitaron a dar un taller de pantomima y expresión corporal y yo le puse la condición de estrenar. Después la montamos también en el Jardín Botánico con escenografía de Diego Pereyra y música de Leda Valladares".

"Otra vez señalo que yo no elijo, me mandan, me empujan, caigo y tuve la fortuna de caer ahí".

Vade retro metal

Roberto tiene mucho de zorro, de animal picaresco que ha logrado escaparse de patrones y opresores. Cuando la dictadura militar precipita el fin de Fray Mocho, Espina comienza a dictar un taller en el club Huracán. El destino se sirve también de algunos bandidos. Las caras y las energías nuevas representaban una amenaza para las autoridades ludópatas y anquilosadas. Tan así que un día le pusieron un revolver en el pecho. “Mirá, concha de tu madre, te vas o te acribillamos”.

Roberto se cruzó al frente, a un viejo zoológico fundado por Sarmiento que contaba con una jaula de leones en forma de teatro griego. Con esa compañía se fue de gira a Bahía Blanca. Ese fue el punto de partida de “Los comediantes de la ruta”, una aventura que surcó la Latinoamérica de los socialismos en gestación, rápidamente abortados por los golpes de estado.

La ruta se hizo acuática y Roberto tocó tierra en África, con un proyecto de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) que se llamó Actividades Alternativas, destinado a resolver los problemas básicos de los trabajadores. Lo que Espina no sabía es que ese benévolo plan de forestación era una puesta en escena para una intención turbia: instalar una papelera de capitales nórdicos.

“Como lo que pasó acá con Bosnia. Es patético haber vivido tanto y ver repetirse ciertas cosas. ¿Cuál es el beneficio de esta propuesta siniestra de hacer cada vez más plata para gastar y despilfarrar? Un símbolo triste es lo que pasa en los océanos, con los barcos estos que cada vez son más y están llenos de gente que paga fortunas para rodearse de lujos y vomitar en el mar. Qué falta de respeto por la vida y la naturaleza, señores. Armen un proyecto de vida y olvídense de esta estupidez de estar siempre en un megaevento. Nos cambiaron la utopía por la materia fecal, por lo que queda de todo lo que se consume: el dinero, el vil metal. Olemos esa materia fecal y nos movilizamos. Y el gobierno actual está interesadísimo en la materia fecal, está organizando todo para que haya más materia fecal, no piensa en cómo repartir los bienes que no sean eso”.

En la década de 1990, y luego de la pérdida de su compañera, Roberto abandona Chile para radicarse definitivamente en Córdoba. Primero en Unquillo, después en Río Ceballos, donde aún lo encontramos "durando", alumbrando: "El arte es una artesanía, el artesano no piensa '¡ay, cuánto tiempo me va a costar esto!'. Cuando aparece the time is money, los industriales tratan de ahorrar tiempo haciendo las cosas más rápido. Pero si yo estoy apurado no puedo conversar con nadie. Y el teatro es una conversación. Si llevamos las cosas más allá podemos citar a Quintiliano (año I d.C, todavía no existía Stanislavski): 'El gesto y la voz obedecer deben al alma'. ¿Puedo poner alma en lo que digo si estoy apurado? Por ahí anda el teatro, o más bien por ahí anda el arte. Muy ligado al elemento artesanal, aquello que acompaña al hombre como objeto querido, válido, no como una cosa. Y la palabra para el actor es eso, una reliquia. Cómo pulir, enriquecer y animar la palabra es el desafío del actor. El de un político sería cómo cumplir con la palabra, de allí que la palabra se ha desquiciado. Punto final".

Perfil. Roberto Espina nació en Buenos Aires (1926), escritor, titiritero, actor y mimo. Fue miembro de la mítica escuela Fray Mocho y fundador del grupo itinerante “Los comediantes de la ruta”. La República del caballo muerto y La Vaca Blanca son dos de sus obras más representadas. Es un referente en el arte de los títeres nacional e internacional.