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Retrato de Pancho Sarmiento: el último bohemio

Histórico jefe técnico del Teatro del Libertador, Pancho Sarmiento también estuvo al frente del Festival Córdoba Rock, con la firme intención de difundir la música local. Una vida signada por el teatro y por la voluntad de libertad.

29 de enero de 2015 a las 06:24 p. m.
Victoria Varas
Retrato de Pancho Sarmiento: el último bohemio

El primer documento que tuvo Francisco Sarmiento fue una credencial de empleado del teatro Rivera Indarte (hoy Teatro del Libertador). Antes no tuvo DNI alguno porque desde que nació (y hasta los 17 años) vivió en internados, reformatorios y orfanatos; escapándose cada vez que tenía la oportunidad y regresando por obra de alguien que lo encontraba por ahí, con la cabeza rapada, buscando las moneditas para sacar el boleto que le permitiera dar otra vuelta a la libertad. Panchito era un pibe que escondía centavos en las vías del tren para comprarse la Vidú Cola, un guachito que disimulaba el insomnio en la cama cucheta, porque sabía que el que no dormía de noche se ligaba los somníferos palos de la celadora.

En una de sus escapadas Pancho se sentó en un lugar determinante. La misma esquina donde ahora se pide un café, fue antes el bar Zanzíbar, ubicado justo al frente del Teatro Rivera Indarte. “Era muy frecuentado por gente de la cultura. Tal es así que cuando alguien de Europa, por ejemplo, quería comunicarse con algún actor o músico lo llamaban acá, no al teatro, porque acá se juntaban absolutamente todos. Para Navidad el gallego Antonio los echaba, sino después tenían que venir las esposas de los músicos, de los actores, a buscar a los que se quedaban a pelotudear acá. Cuando fallecía alguien del teatro, el bar cerraba por duelo y mandaban la corona a la sala velatoria a nombre del Zanzíbar”, dice Sarmiento con palabras que derrumban las paredes nuevas para hacer aparecer una escenografía más vieja y más bohemia.

Aquí (y allá lejos en su biografía) Raúl Reyeros le hizo el llamado de su vida: "Che, pibe, ¿querés sentarte a comer un pedazo de pizza?". En la sobremesa lo llevan a conocer el teatro y al poquito tiempo le habían improvisado una habitación debajo del escenario, usando una cama de utilería de la obra Sueño de niñas. Entre murciélagos y gatos ciegos, Sarmiento durmió por primera vez tranquilo y empezó a concebir un sueño de grande: ser el jefe técnico del coloso que acababa de convertirse en su familia, su casa y su causa.

Teníamos pasión por el trabajo. Una vez estuvimos tres días encerrados trabajando, hasta que me dieron plata para ir a comprar una damajuana de vino, mortadela y dos o tres kilos de pan

El primer trabajador

Antes de coronarse como uno de los máximos puestistas y operadores del Teatro Libertador, Pancho se empoderó en su lugar de incansable trabajador. Una vez, un director italiano que fumaba de toscanos le dijo a uno de sus asistentes que traigan la caja con clavos, porque Sarmientito quería aprender teatro. Mientras enderezaba los clavitos usados, Francisco escuchaba todas las lecciones que lo atornillarían para siempre a las tablas del escenario.

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Una sola anécdota de las muchísimas que tiene para contar basta para graficar su entrega: “Teníamos pasión por el trabajo. Una vez estuvimos tres días encerrados trabajando, hasta que me dieron plata para ir a comprar una damajuana de vino, mortadela y dos o tres kilos de pan a lo de los peruanos, que era donde ahora están las cinco esquinas. Llego y estaba cerrado, casi no había autos en la calle, parecía un domingo a la mañana, no entendía qué pasaba. Le golpeo la puerta al peruano y sale puteando ‘¿Qué querés que venís a hinchar las pelotas’. ‘Qué pasa’, le digo, ‘¿es feriado?’ Y me contesta: ‘Cómo feriado, che boludo. Que no sabés que hay cinco días de duelo’. Hacía dos días que se había muerto Perón y no nos habíamos enterado de nada, eso era tener oficio teatral”.

El rock de su vida

En el año ’75, Pancho pasa a ser parte de la planta permanente del teatro y su sueldo le alcanza para mudarse a un conventillo que le consiguieron sus compañeros de trabajo. El relato de su primera casa y de aquellos años tiene colores discepoleanos, saturados por un barniz de brillo bukowskiano. “Eran todas putas y yo. También vivía una vieja con 200 millones de pájaros. Cuando yo volvía de laburar, a veces escuchaba cuando ella limpiaba y tiraba incienso. Todas las ventanas y las puertas que daban al zaguán tenían tejidos mosquiteros para que los pájaros pudieran volar adentro. Varios de los muchachos del teatro la conocían, porque con la excusa de despertarme a mí iban y se echaban un polvo con alguna de las chicas”, cuenta entre risas. Y agrega: “Tenía un colchón, que estaba lleno de chinches, apenas me acostaba me empezaban a picar. Todas las noches hacía lo mismo, lo daba vuelta, porque las chinches tardaban dos o tres horas en darse cuenta de que estaba arriba. Hasta que un día me dio un ataque y lo prendí fuego. Una noche llegué, me acosté, miré para arriba y vi que me habían choreado una de las chapas del techo de la pieza. Me sentí miserable, pero estaba en libertad”.

Esa es la condición que Pancho defendería siempre que sintiera la amenaza de volver a ser encerrado. Por no perder la libertad se negó a hacer la colimba, por defenderla cayó varias veces en centros clandestinos de detención y para celebrarla se puso al hombro la organización del Córdoba Rock.

Deep Purple y Led Zeppelin sonaban "demasiado rabiosos" para los oídos conquistados por Palito Ortega y Sandro. Pancho no podía poner la música que quería en los asaltos y fiestas de cumpleaños a los que iba como sonidista contratado. Entonces tomo la decisión: "Que se vayan mierda. Yo voy a hacer mi propio festival del rock and roll". Habló con la Municipalidad, consiguió auspiciantes, reservó el Teatro Griego por cuatro noches y fue pionero en la provincia en cuanto a la logística de escenarios simultáneos. "La idea era mostrar bandas de acá y del interior, todos tenían que tocar temas inéditos, armé tres escenarios bien ecualizados y puse una banda fija para que todos los días abriera el festival. En el último año ('85), el grupo que yo elegí para que haga el tema de bienvenida fue Años Luz. Ellos escribieron la canción leitmotiv del festival, Quién se ha tomado todo el vino, que después con los años fue a parar a las manos de La Mona Jiménez, porque Tribilín, el guitarrista de esa banda, se fue a trabajar con él. Cuando me empezaron a presionar los representantes con la guita y todo eso, no lo hice más", resume Sarmiento.

Una vez le chorié un ventilador a mi mujer de la mesita de luz, que me sirvió para inventar un efecto por el que gané el premio Trinidad Guevara

La escuela del ingenio 

Habría que tomarse varias botellas de whisky con Pancho para terminar de saborear las inagotables medidas de una vida on the rocks. Su currículum incluye labor en teatros oficiales, las obras que llevó adelante con la Comedia Mediterránea (su propia compañía de teatro independiente) y participación en temporadas comerciales, donde el versátil iluminador se encandiló con la mastodóntica desnudez de Norma Pons. El mismo Sarmiento que alguna vez durmió debajo de escenarios y derruidos cuartos de conventillo se desveló en costosas habitaciones de Nueva York. A la plaza teatral estadounidense llegó con la obra El reñidero de Sergio De Cecco. También recibió una felicitación del director de la Comedia del arte de Moscú, un amigo personal de Stanislavski y de Chéjov, que quedó conmovido con la versión de El tío Vania, que el grupo llevó a un festival de Venezuela.

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Pancho ejercitó su labor de productor, escenógrafo y técnico siempre desde la escuela del ingenio. “Una vez le chorié un ventilador a mi mujer de la mesita de luz, que me sirvió para inventar un efecto por el que gané el premio Trinidad Guevara. Otra vez quise mostrar cómo los personajes quedaban atrapados en sus propias mentiras, entonces hice una jaula lumínica con 10 latas de aluminio con huecos. Para esa misma obra quería generar un efecto de humo que no lo iba a lograr ni con 30 enanos fumando. Una alumna que era ingeniera química me había contado que si ponés sal de amonio (la usaban para lanzar los cohetes del servicio meteorológico nacional) sobre una superficie y le das temperatura se empieza a volatizar y genera smog. El primer día le puse tanto que se me llenó de humo la sala Luis de Tejeda, casi vienen los bomberos”.

El operador histórico del San Martín está convencido de que una buena puesta de luces puede salvar una obra de la “total orfandad plástica” y dice que la clave no está en buscar lo bonito sino en transmitir, desde la técnica, la esencia dramática. Cabrón, frontal y defensor acérrimo del lugar que lo convirtió en un hombre de teatro, Sarmiento no esconde su descontento ante las cabriolas de los gobernantes en el campo del arte. En la misma esquina donde alguna vez lo encontraron los hermanos Reyero, la verborragia de Pancho (tan callejera como intelectual) da cuenta de que sería imposible pintar su retrato sin encuadrarlo en los marcos del teatro. Si de repente en el bar sonara el teléfono, de seguro se instalaría la sensación de que alguien del otro lado del charco o del lago, marcó ese número esperando ubicarlo.

Perfil: Francisco “Pancho” Sarmiento es productor, sonidista, iluminador y escenógrafo. Se desempeñó durante más de tres décadas como jefe técnico del Teatro del Libertador San Martín. Creó el grupo independiente Comedia Mediterránea y fue el impulsor del Festival Córdoba Rock. Escribió el libro 100 años del Rivera Indarte, donde reconstruye la historia del mítico teatro.