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Pura vida

En una nueva columna, Flavio Lo Presti reflexiona sobre el Mundial en épocas de redes sociales.

27 de junio de 2014 a las 11:40 a. m.
Flavio Lo Presti
Pura vida

¿Qué, en el nombre de D10s, es esto? Me refiero al tema ineludible: no los fondos buitre, no Ana Frank y su cabeza jibarizada, no la expulsión de Ventura (víctima de su propio veneno) de la televisión. Me refiero a todo lo que sucede alrededor de ese campamento de fantasía montado por la Fifa cada cuatro años para llenarse los bolsillos a costa de la exposición de los mejores gladiadores de los que disponen los equipos todas las semanas, durante esos oscuros períodos de cuatro años en los que al fútbol lo ven solamente los hinchas. Es el primer Mundial desde que escribo esta columna, y por lo tanto nunca había tenido que pensar lo que me pasa con la invasión de analfabetos futbolísticos sobre un territorio al que le he entregado toda mi vida deportiva y la mitad de mi vida intelectual.

Los que me conocen saben que fui un modesto pero aceptable media punta y que tengo todo el cuerpo reventado porque me gusta mucho más jugar que cuidar mi salud: tengo un codo roto (si festejo un gol de la Argentina muy fuerte se me descoyunta de una manera espantosa), dos clavos en la rodilla izquierda que sostienen un ligamento prestado por el isquiotibial (creo) y los meniscos externo e interno de la rodilla derecha pulverizados (inminente cirugía en el horizonte). No sólo eso: he gastado horas incalculables en ver partidos, he sufrido por Newell’s como no he sufrido por nada, y hasta ese gozoso dolor he intentado extirpármelo por considerar, como un idiota, que era innecesario sufrir tanto de manera gratuita.

Y entonces llega el Mundial y el fútbol, que en los ámbitos en los que me muevo es una pasión casi secreta (hasta el punto de que su masividad me resulta un misterio o una mistificación) se vuelve el tema obligado para todos, en todos lados, todo el tiempo. La publicidad trata de vender todo a través de la esperanza nacional, llegando a niveles de chauvinismo vergonzosos; la televisión padece superpoblación de periodistas deportivos dando datos inútiles para rellenar un rollo giratorio de 24 horas de pantalla mundialista, y a medida que pasan los días todas y cada una de las conversaciones están mediatizadas por la reflexión mundialista.

En ese ámbito se produce una paradójica curiosidad: folklóricamente, el comentarista advenedizo se defiende del repudio del experto escudándose en un recurso de amparo a la libertad. “Soy libre, puedo hablar con el mismo derecho que cualquiera sobre esto que no me interesa nunca”, sería el resumen de esa posición. Lo cual es curioso, como dije, porque parecería más cerca de una idea de libertad (si es que vamos a tolerar esa fantasía) poder esquivarle el bulto a la presión inconmensurablemente millonaria de la publicidad y no hablar para nada de esta cosa que no te interesa.

Pero no me quejo. Ni siquiera ahora, que es el primer mundial que hay que padecer en la era del triunfo absoluto de la doxa impune, las redes sociales. No me molesta la opinión de las mujeres, que cargan con el agravante de no haber jugado mucho (aclaro que Marta Vieyra da Silva es de lo mejor que he visto), y que encima están en una horqueta: o meterse de lleno en la discusión estrictamente futbolística, igual que el varón que nunca le pegó a una pelota de medias, o entregarse a esa especie de igualación feminista con el espíritu masculino que produjo la tan satisfactoria conducta de poner pósters en las paredes de talleres mecánicos y colgar, entonces, fotos de Olivier Giroud en Facebook (ellas “un poco se enamoran”: cuando los redactores de la revista Paco hacen lo mismo con fotos de mujeres, son sexistas y potenciales tratantes de blancas).

¿Y si Tacuara Cardozo metía el penal contra ese monumento al fútbol que es la España de Del Bosque en cuartos de final en Sudáfrica? El mundial es el desafío máximo a la frase de Hegel: todo lo real es racional.

No me molesta (tanto) esa envidiable invasión de abdominales reemplazando a las consignas contra el lunes en mis noticias de Facebook, o sumándose a ellas. No me molesta que opine sobre el juego una persona que no sabe lo que es un brazo en alto del árbitro, que no sabe lo que es la 18, o un relevo, o que no entiende las especificidades de un juego muchas veces hecho de detalles sutiles (por ejemplo, el fallido, infantil movimiento de N’Kolou en el segundo gol de Neymar ante Camerún). No. Me molesta más uno de los efectos más irritantes del exitismo argentino: el masivo síndrome de Casandra que nos aqueja, forma tristísima de ese deporte nacional que es la apertura de paraguas. Todos los argentinos, el que entiende y el que no, decidieron que un equipo en el que juega uno de los cinco más grandes futbolistas de la historia, jugador hasta hace poco imparable (su estado actual es materia de una controversia y carezco de información para contribuir), tiene la obligación de ganar todos los partidos haciendo evidente una supremacía a prueba de miedo. Si esa es la actitud de la que parten están equivocados de deporte, y peor aún: de competencia.

Hay una célebre frase tomada del título de un libro no menos célebre de Dante Panzeri: fútbol, dinámica de lo impensado. Su traducción sería: nada garantiza un resultado en ese reino del azar que es el fútbol. Pero en un Mundial, esta idea se potencia por la característica de la competencia: con un máximo de siete partidos, con equipos que apenas juegan juntos y que han conseguido una cohesión discontinua a lo largo de una competencia fantasmal como la eliminatoria, pudiendo quedar afuera en primera ronda por detalles, por mala suerte, por una imprevisible y súbita fortaleza del rival; y accediendo luego a fases sucesivas en las que los partidos son mano a mano, el accidente tiene tanta incidencia en los resultados como la calidad. ¿Y si Tacuara Cardozo (lo recordarán los hinchas de Belgrano) metía el penal contra ese monumento al fútbol que es la España de Del Bosque en cuartos de final en Sudáfrica? ¿Y si el actual cuco Robben no definía como Claudio Bustos en la promoción contra Racing (lo recordarán los hinchas de Belgrano) en la final? El mundial es el desafío máximo a la frase de Hegel: todo lo real es racional. Entre otras cosas, España fue campeón en el 2010 de casualidad. Claro que es mejor jugar bien, y claro que hay una cierta lógica: los campeones del mundo son ocho. Pero cuando tienen que dirimir sus pleitos cara a cara, dos líneas de fiebre, un apagón de luz, un rebote raro pueden tanto como el más castigado de los pizarrones.

La confusión producida por la combinación del exitismo con la alineación de Messi entre nuestros once compadritos (Borges dixit) ha producido un monstruo espantoso de malhumor en el país, que se alterna ciclotímicamente con “el Sabor del Encuentro” y el “viva todo” que los medios de todo signo político están obligados a sostener, a pesar de que no hay nadie más aterrorizado que un periodista deportivo argentino por estos días. Entonces, una bagnacauda con amigos escritores a los que el fútbol les importa nada (más allá de la grata compañía) puede ser una tortura cuando empieza el llanto porque damos asco, porque es evidente que los alemanes van a barrernos otra vez en cuartos, porque al enano se le acabó la hormona: hasta he llegado a escuchar lamentos por el penal no cobrado a Irán, todo por el miedo a perder que se traduce en odio al equipo.

Por eso he decidido que el resto de los partidos voy a verlos con mi hermano del medio: un pésimo jugador de fútbol con una gran visión del juego, que fundamentalmente entiende que el azar manda y que esto no es para calientes, sino para disfrutar de una fiesta cirquera en la que sólo tendremos la ganancia de sus recuerdos. Aunque ahora es probable que no ganemos sólo eso. Cuando todo esto empezó me enteré de que Costa Rica pagaba tres mil a uno si ganaba el Mundial. Como una pequeña travesura, le jugué cinco dólares, y ahora el fútbol y sus imprevistos dibujan la esperanza imposible de un año sabático.