Marita Arroyo: De viaje por el planeta casa
Marita Arroyo integra Los Tinguiritas. Anda la vida sin cauce, saltando fronteras, charcos y el mar. Actúa, canta y toca varios insrumentos.
Según cuentan los mapuches, los Tinguiritas son unos duendes, traviesos y escurridizos como todos, pero que sobre todo salen de noche y hacen escuchar sus risas. De unos Tinguiritas que dan “espectáculos escénico-musicales”, montón de cosas cuenta Google, y hay chicos de toda Córdoba, Argentina y América latina que los vieron en teatros o a la sombra de algún algarrobito.
A Marita también la vieron por Europa y hasta en Angola, donde una mamá le puso su mismo nombre a su negrita y en ese mágico acto la convirtió en madrina y hermana de la beba. De siete hermanitos, su “yará” fue la única que vivió más de nueve meses. Hoy ya tiene 3 años.
En 2009, Marita tenía un pie en Angola y el otro no sabía dónde. De tanto andar y preguntarse cosas y reprocharse lo frívolo y lo injusto del mundo, se hubiera quedado. Pero serenó a su hippie extrema y volvió sabiendo que el mundo es una casa y en la casa lo natural es compartir y que para eso tiene tiempo y canciones que seguir aprendiendo.
A esta duende linda y silvestre también la vieron por el Viejo Mundo, de museo en museo, dejando flecos de sus zapatillas por las ciudades que conocía de leídas: Madrid, Barcelona, Sevilla, Granada, San Sebastián, Lisboa. Con una amiga en Lugano, uniendo en bici las jugueterías de Florencia, dando bostezos en Venecia.
En París la rescató una ángel que desapareció sin escuchar ni un “merci” y en Roma se coló en un taxi con tres gringos y llegó justo para saltar en el avión que despegaba a Praga (son cosas de duendes, por favor no lo hagan en sus aeropuertos).
El primer piano
Marita trabajó un verano de chocolatera y se compró un piano. Al siguiente, con un préstamo la hermana la empujó a cumplir otro sueño: “Caminar, hasta que no quede nada”, sobre las hojas caídas del otoño europeo, con los bolsillos flacos, pero los ojos grandes y los canales abiertos. Fue en 2004. En febrero había entrado al grupo Los Tinguiritas.
Yo la vi en Unquillo, en una casa que trepada a un cerro mira el sol bajar atrás de la serranía. Nos pusimos verdes de mate y pipones de chapatis con miel y semillitas. Es cierto que los Tinguiritas también son glotones, pero el compañero es quien cocina más y mejor en esta casa.
Guaypo es luthier y a Marita le regaló su cuatro. También tiene un chelo que se llama Arturito, la guitarra Filomena y Gandulfo, su piano urbano. A ella todavía la llaman Pata porque se apellida Arroyo y el versito dice “Arroyo, ¡pata de pollo!”. El nombre del documento mucho no le gusta y mejor que sea un misterio. (Igual: cada quien se llama como lo llaman los amigos).
Desde este nido prestado Marita sale a volar y dar vueltas, entre pueblos o continentes, en viejos buses coloridos o en una lanchita que pasa volando en la cola de un huracán. Eso le pasó en Guatemala con “la Tingui” Silvina. Iban empapadas, tentadas de los nervios, y cuando no se reían, para sobrevivir cantaban. Fue en el lago Atitlán, para el año nuevo de 2008, después de girar por México en grupo.
Fue el viaje preparatorio de la travesía que darían con Silvi, Arturito y cuatro, desde marzo de 2009 por escuelas, colectivos y bares de Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia (Costa Rica ella sola de visita a la hermana) y Venezuela en la despedida. Marita pegó la vuelta. De un encuentro con un misionero en Radio María le había quedado picando un viaje de voluntaria a África. De pronto, septiembre era la fecha.
Casi dos años atrás, en el verano de 2007 había zarpado sola de Bariloche a lo de Magda y de Bolivia a lo de los Incas. Y de Cuzco a Chile para hacer Zapatanga con Marcos en el festival internacional de Santiago y orquestar festival paralelo y temazcal con colombianos, portugueses y mejicanos.
Marita dice que los viajes desorientan al piloto automático de la rutina y predisponen a aprender. Si se va cantando, además, uno vibra bien, y por las buenas, se sabe, las cosas y la gente linda salen al paso. Pero sigamos por el comienzo, que hay que empezar a terminar este cuento.
Moño
Todo el mundo sabe que en los bosques hay duendes. Marita es una Tinguirita de Bariloche. Nació después de tres y fue la más chiquita hasta los 8, cuando al quinto lo recibió lista para jugar con un muñeco de verdad.
Según cuentan las tías, era de esas nenas que en la casa son medio tremendas y que afuera... son aburridas como princesas. Su papá es de los señores que saben mil tangos y cantan como quien respira. Su mamá es más del género “romanticón y folklorero” y el día que Marita le preguntó “mami: ¿por qué estás cantando?”, ella le dijo: “porque estoy feliz”; y eso se le grabó adentro como las estrellas se graban en el cielo.
Marita entonces era mucho más tímida y casi siempre que quería cantar se le lengua la trababa, se ponía como un tomate y andaba triste y enojona. El día que la maestra armó el coro ni pudo abrir la boca para decir “...”. Además, lo único que sabía eran tangos y casi el único que lo sabía era el viejo. Así pasaron días, meses y años, hasta que a los 16 se animó a entrar a un coro: cantar entre otra gente tanta vergüenza no le daba.
También empezó a tomar clases en lo de una vecina que le contaba historias. Le gustaba porque Ney la dejaba sola con el piano a la hora de la siesta. La viejita le decía “muy bien”, pero ella tenía sus dudas y fue a mostrarle cómo tocaba a la profe Negro, que más o menos así le dijo después de un ratito: “Nena ¿vos no serás sorda?”. Pero así como hay pájaros de mal agüero también hay seres fantásticos. Y una Tinguirita los identifica al vuelo.
Laura, su profe de coro, es un ángel y cuando Marita decidió seguir Música se puso a entrenarla. Sus hermanos mayores ya estaban en Córdoba para convertirse, dos en ingenieros y una en contadora. Mamá la apoyaba. El tanguero protestaba. Había estudiado en una escuela donde se hacen planos y muchas cuentas pero en seis años las Tinguiritas cambian. La arquitectura le gustaba cuando era de lápices y reglas, y, además, las casas quietas ya le daban cierto vértigo.
En 1998 llegó a estudiar y a pasar en Córdoba noches como las de Bariloche, con duendes amigos que prefieren mirar la luna en el agua y amontonar botellas guitarreando al rescoldo.
Educación Musical estudió Marita con mucho esfuerzo desde los 19. “¿Alguna vez podré hacer música?”, se siguió preguntando. Pero prefería pensar en los chicos que iba a conocer siendo profe y en eso de que cantar alegra los corazones. Para terminar quiso aprender del canto mapuche, sin saber que sería una de Los Tinguiritas (o tal vez intuyendo que ya lo era), y en febrero de 2003 visitó la comunidad de Chacay Huaruca con cámara y grabador en un bolsito. Pero no grabó nada. Ni una foto. Entre gente de la tierra esos aparatos hacen ruido raro.
Aunque muchas veces entiende las cosas medio dadas vueltas, escuchando sólo lo que quisieran cantar y contarle Marita aprendió del Ünkantun y el Taïel, y entendió que la vida, como la música, también se teje de silencios y fluye. Y supo que entre la quietud y el silencio hay un modo de estar que en Río Negro o en África al huinca lo incomoda, porque al huinca le faltan raíces y se aturde de pensamientos.
Y chan chan
Marita trabaja como profe desde 2005. Pero el sistema el año pasado terminó de agotarla. Sólo se quedó con horas en escuelas “especiales”, donde la música no se imparte, se comparte, como aprendió desde 2007 con el duende Estanislao en el Centro de Día y ahora sigue con el tamborero Poli. Estas horas de a pizquitas dan frutos bien dulces y a ella la voz le sale mucho mejor desde entonces.
Cuenta de estos niños y en sus ojos burbujean brillitos. De pronto improvisa en mapudungun algo sobre el arte de las araucarias en el viento y otra luz la envuelve mientras atardece. Marita sonríe tan amplio como los negritos cuando bailan. “Quien no canta y no danza no agradece”, le dijo un viejo en Angola el año pasado, cuando volvió a visitar a su tocaya y los niños la recibieron cantando, las cosas que ella les había dejado.
Perfil. Marita Arroyo nació en 1978 en Bariloche. Estudió educación musical en Córdoba. Trabaja como docente desde 2005 y hoy todavía comparte música con chicos con discapacidad en los anexos de Río Ceballos y Los Molles de la escuela Juana Manso, y el anexo de la escuela Morzone en El Pueblito. Dice que la música sana y que los viajes enseñan. Actúa, canta, toca varios instrumentos y no para de andar por el mundo, sola o con Los Tinguiritas, grupo que suena desde 1999. Ella se sumó en 2004 y con ellos grabó Caleidoscópico, sucesor de Zapatanga.

