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La no tan nueva literatura argentina

Entrevista con Elsa Drucaroff sobre su libro de ensayos "Los prisioneros de la torre".

14 de noviembre de 2011 a las 08:41 a. m.
Pablo E. Chacón, Agencia Télam
La no tan nueva literatura argentina

Buenos Aires. En Los prisioneros de la torre, la escritora y ensayista Elsa Drucaroff elude la tentación fáustica de construir un canon para concentrarse en un elogio de la nueva narrativa argentina que explotó a partir del 2001, con un envión precedente, en muchos casos por fuera de los circuitos de legitimación y publicación clásicos.El libro, publicado por el sello Emecé, supone un trabajo exhaustivo sobre un corpus literario que arranca en 1990 y termina en 2007."Los prisioneros de la torre son aquellos que les tocó ser jóvenes después de la masacre de la última dictadura militar", explica la autora.Y agrega: "prisioneros...es una metáfora de (José) Ortega y Gasset: las generaciones -para el pensador español- no representan un hecho biológico sino cultural. Las generaciones no se suceden de un modo horizontal: los más jóvenes dependen de los que están abajo, como en una torre humana".En el libro, dice Drucaroff, "hablo de la generación posterior a la mía y diría de las que siguieron... hasta ahora, cuando las cosas están empezando a cambiar porque existen las condiciones para que haya un cambio".Si bien el concepto "generación" es problemático, la autora insiste que el uso en el libro es más descriptivo que filosófico, sin dejar de ser político.La ensayista es crítica, escritora y docente de Letras. Su tesis doctoral, "Otro Logos. Signos, política, discursos", será defendida este año en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde dictó seminarios sobre nueva narrativa argentina.Publicó los ensayos Mijail Bajtin. La guerra de las culturas y Arlt, profeta del miedo, y las novelas La patria de las mujeres, Conspiración contra Guemes, El infierno prometido y El último caso de Rodolfo Walsh. Además, dirigió "La narración gana la partida", volumen 11 de la Historia crítica de la literatura argentina que dirige Noé Jitrik.Drucaroff arranca a principios de los 90, con una supuesta querella cuando el grupo Shangai (Martín Caparrós, Alan Pauls, Luis Chitarroni, Jorge Dorio, Daniel Guebel, Sergio Bizzio) funda la revista Babel.Ese movimiento es especular a la aparición de la Biblioteca del Sur que dirige Juan Forn en la editorial Planeta (donde tallaban fuerte Rodrigo Fresán, Guillermo Saccomanno y Marcelo Figueras)."Esa querella nunca existió; es un invento simplificador y retroactivo de cierta mirada académica. Pero es parte de un teatro donde los escritores de Babel representaban al \'prestigio\' de la literatura y los otros al mercado", avanza Drucaroff."Por supuesto, eso es insostenible, a pesar de los cruces que todavía siguen lanzándose. Se olvida, por ejemplo, que el primer libro que publica Biblioteca del Sur es de Fogwill, Muchacha punk"."Y que le siguen El jardín de las máquinas parlantes de Alberto Laiseca y Matilde Sánchez, que podrían considerarse \'babelianos\'. Y Elvio Gandolfo, que es un extraterritorial"."Es más, se llegó a decir que unos eran narrativistas y los otros experimentalistas. Yo desafío a quien sea a encontrar narrativismo en la obra de Fresán, barroca, autorreferencial, que tiene mayor conexión con lo que la Academia considera experimental", sostiene la investigadora.Está el caso de "Charlie Feiling, grandísimo escritor, considerado de Babel, un perfecto escritor de género, con guiños cultos, lo que sea, pero de género: policial, terror, aventuras. Y así hay muchos ejemplos".En esa primera generación posdictadura, para la autora, se da un fenómeno que "es una característica de los 90 y en general de la posdictadura: el quiebre de los puentes de transmisión histórica, y un cierto cinismo para hacer de la historia cualquier cosa, para decir cualquier cosa", sentencia Drucaroff."Hubo un modo completamente livianito de contar la literatura, pero también aristocratizante u oligárquico. Ahora se está abriendo otro tipo de crítica, que me interesa, la que ejerce Hernán Sassi, por ejemplo, en la revista El Interpretador, donde no tiene inconvenientes en mezclar a Saer con Marcelo Figueras o Andrés Neuman".La autora menciona a César Aira, que es "alguien muy querido y muy discutido. Trajo a la literatura su enorme libertad creativa, la posibilidad de relajar la solemnidad y abrir los ojos al escepticismo clausurado por la posmodernidad".También, nombra a Félix Bruzzone "que en Los topos, con algunos recursos estilísticos de Aira, cuenta una historia dramática, de modo nada trivial".Y acerca de Juan José Saer afirma que "es evidente la importancia que tiene en la revalorización o reactualización de la cuestión del lenguaje, la materialidad del lenguaje como un \'instrumento\' que no puede dar cuenta de lo real".Pero "insistir en esa vía no es lo que están haciendo los nuevos narradores argentinos. La aprovechan, y se desvían. Están inventando una gramática inédita. Es digno de festejarse", concluye la ensayista.