La ficción familiar
En "Lo que no aprendí", la colombiana Margarita García Robayo indaga en los misterios de su infancia.
¿Cuál es la verdadera historia de una familia? ¿Cómo se construye? ¿Quién? ¿Quiénes? ¿Hay una versión más legítima que otra? ¿A fuerza de qué persiste una anécdota y se olvidan las demás? Y, lo más difícil: ¿cómo encajamos en eso?
Como la hija de un Gran Pez, en Lo que no aprendí la colombiana Margarita García Robayo vuelve a su casa de la infancia, en Cartagena, para deconstruir el misterio de su padre y, con este, explorar sus propios misterios.
La que indaga es Catalina, una niña de 11 años curiosa e inconforme que no se contenta con las respuestas de ocasión. Una niña que transita el fin de su infancia con la espada amenazante de una madre omnipresente y agobiante. El mundo se le abre repleto de colores y olores y, al mismo tiempo, intenta desentrañar la naturaleza de un padre, sí, presente, pero con la cabeza en otros mundos. Podría ser un brujo, un chamán, un consultor espiritual lleno de secretos que, cuando parece empezar a compartirlos con Catalina, algo vuelve a detenerse.
En sus relatos anteriores –Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (2009), Las personas normales son muy raras (2011) y Orquídeas (2012)– las incursiones de García Robayo tenían más que ver con una preocupación formal y técnica, como ella misma afirma. En Lo que no aprendí arremete con su historia personal, desnuda las carencias que la sustentan, que la degradan.
En la segunda parte del libro es la propia autora la que irrumpe para explicar los mecanismos de la ficción que hilvanan la historia de Catalina. Repasa sus primeros años en Buenos Aires, en donde reside actualmente, y desde allí conecta el tiempo-espacio: el de Colombia y el de la Argentina; el de la infancia y el de la adultez, el de los recuerdos y los olvidos. Reflexiona sobre los motivos que la llevaron a escribir eso y no lo otro. Por qué de esa forma, por qué esas elecciones y recortes.
Es difícil no sentir empatía con la historia, con diálogos que son latigazos, con la frescura tropical de las arepas y el sancocho que recrean una postal y una memoria. Con esas incógnitas que traen las primeras revelaciones de la adultez, de la orfandad. Las que hacen que nos preguntemos: ¿Cómo llegué hasta acá?
Si pintar una aldea es pintar un mundo, pintar una familia hace que el autor se reconozca a sí mismo para, en esa búsqueda, retratar parte de la naturaleza humana, de las relaciones filiales.
Margarita junta recuerdos como si fueran flores. Los huele. Los planta. Duelen. “Aprende”, le dicen. Pero ella no quiere aprender.
Lo que no aprendí
Margarita García Robayo
Planeta
232 páginas
$ 139

