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Jardín de gente

Miguel Cantilo pasó por Córdoba para presentar Jardines del origen, su primera novela. “La vida está plagada de narraciones”, asegura el autor de varios clásicos del rock nacional.

15 de enero de 2015 a las 01:07 p. m.
Jardín de gente

Miguel Cantilo estuvo de visita por Córdoba algunos días atrás. En esta oportunidad, aprovechó para cantar algunas piezas de su último disco, Canciones de la Buhardilla, y también para presentar Jardines del origen, su primera novela, editada por el sello Colihue. La escritura no es una actividad nueva en la vida del autor de clásicos como Marcha de la bronca, Adonde quiera que voy o La gente del futuro. Además de los discos que publicó con Pedro y Pablo, Punch y como solista, a lo largo de los años ha editado libros de poesía y algunos ensayos.

Jardines del origen marca su ingreso en un género literario que hasta hace algunos meses sólo lo tenía como atento lector. Luego de su presentación en el local Río Arriba, de Agua de Oro, el músico y escritor estuvo de paso por la librería El Emporio, en donde tuvo lugar esta charla.

–¿Era la novela el mejor cauce para la historia de "Jardines del origen"?–Yo creo que la vida está plagada de ficción, de narración. Vamos al cine, ¿y qué vamos a hacer? Vamos a ver una narración plasmada en imágenes. Vamos a un café con un amigo, y contamos una narración de algo que nos pasó o creemos que nos pasa. La ficción es una forma más libre de narrar las cosas que uno relaciona con la realidad. En el mundo de la ficción, uno se puede pasar de esa raya: son hechos que no sucedieron, pero que pueden ser parte de un futuro. A veces resulta premonitorio, porque habla de cosas que después ocurren. El ensayo, la poesía o el teatro, a mi forma de ver, tienen un margen de libertad más estrecho.

–La ética tiene un peso importante en la novela. ¿Cómo resumirías la trama?–Creo que es la elección ética del ser humano. El ser humano vive enfrentado a una opción, que muchas veces trata de minimizar o reducir, entre el bien y el mal. En realidad tiene que tomar caminos todo el tiempo, que lo pueden llevar a algo mejor o a desorientarlo. Los personajes de la novela viven aventuras en las que se les presentan esas opciones. El objetivo principal es creer que el hombre tiene una tarea en este planeta: pulirse y dejar una herencia mejor para los que vienen atrás. Eso le da sentido a la vida. Buscan encaminar esa búsqueda, esa necesidad de conocimiento. Lo trabajé desde la metáfora del jardín: cultivarse a uno mismo es cultivar un jardín.

"En la prosa puedo desarrollar una idea que, si la enfrentara desde la canción, debería ser mucho más fotográfica, porque la canción tiene mucho de instantánea."

–¿Puede interpretarse como una advertencia para el ser humano?–No sé si tomarlo así, sino más bien como una búsqueda a ciegas de una metodología para encaminar ese trabajo. Todos queremos mejorar como seres humanos, tanto desde lo espiritual como desde lo práctico. Una forma que se sugiere es, metafóricamente, cultivar jardines. No es una advertencia, sino más bien una esperanza, que el ser humano encuentre una forma de encaminar sus impulsos de evolución.

–¿Cuáles fueron los autores de referencia al momento de la escritura?–Fueron muchos. Uno no tiene más remedio que nombrar los evidentes, como Herman Hesse, Carlos Castaneda o escritores que aquí no son muy divulgados, como Omar Khayyam o Rumi. También El secreto de la flor de oro, de Carl Jung. Y dentro de nuestra literatura, Cortázar, Borges, Sabato o Saer, quienes no afloran con tanta evidencia, pero son parte innegable de mi formación como lector y escritor. Son autores que nos influyeron a los que tenemos edad parecida y fuimos parte de una misma generación, tal vez por sentirnos decepcionados del exceso de intelectualidad. Escritores como Castaneda planteaban que el camino no era exclusivamente mental, sino que había otras sendas que llevaban al conocimiento. Eso nos abrió los ojos a muchos. Hesse también, sus novelas crean un puente entre lo intelectual y lo espiritual que fue esclarecedor.

–Cuando se te ocurre una idea, ¿ya tenés en claro que va a ser una canción o un texto?–Yo veo a las canciones como unidades sintéticas, en las que uno sabe que parten de un tema, con principio y final. Cortas y entendibles. Cuando me meto en el territorio de la prosa, sea ficción o ensayo, tengo la ventaja de saber que cuento con más espacio, más tiempo y más libertades. Ahí puedo desarrollar una idea que, si la enfrentara desde la canción, debería ser mucho más fotográfica, porque la canción tiene mucho de instantánea. La prosa es más reposada, uno puede ver un tema desde diferentes puntos de vista.

–Sos parte indivisible del rock nacional en varias de sus etapas. ¿Considerás que la historia fue injusta con alguno de sus personajes?–Creo que la historia todavía no fue contada. Le falta un rango de tiempo considerable para que tenga sostén. La historia es más lenta de lo que uno cree, es una disciplina para analizar con suficiente información, tanto de la obra como del efecto que ésta produce en la gente. Yo creo que al rock hay que darle un poco más de tiempo, aunque haya una ansiedad por escribir su historia.