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Falso encaje: pequeños milagros

Una nueva entrega de la columna mensual de Roberto Videla. 

14 de abril de 2016 a las 10:30 a. m.
Roberto Videla
Falso encaje: pequeños milagros
Caracas, 1975: presentación de “La mayonesa se bate en retirada”, creación colectiva del LTL. // Foto de Miguel Gracia.

Esta historia que ahora voy a contarles fue reconstruida a lo largo de muchos años, un eterno rompecabezas al que siempre le faltaba un detalle esencial.

En enero de 1975, con mi grupo de teatro, el Libre Teatro Libre, LTL, fuimos a Venezuela, invitados a un festival. Pensábamos estar dos meses. La situación en Córdoba era asfixiante y además peligrosa para nosotros, que éramos conocidos por nuestros espectáculos documentales en los que intentábamos reflejar la conflictiva realidad social. El último, El fin del camino, estrenado en el Teatrino de la Ciudad Universitaria en octubre de 1974, era el fruto de un año de investigaciones sobre la realidad de los ingenios azucareros cerrados en Tucumán, donde vivimos varios meses en 1973.

En Caracas, ante las noticias del agravamiento de la situación política en Argentina y la imposibilidad de elegir por acuerdo unánime, como siempre habíamos hecho, viajar al festival de Nancy en Francia, al que estábamos invitados, el grupo se disuelve. Algunos se vuelven y tres nos quedamos en Venezuela: Graciela, Pepe y yo.

Unos meses después, en Córdoba allanan la casa de Graciela. El padre, que era abogado, preguntó por la orden de allanamiento, que no existía. Allanaron igual. Preguntaron: ¿Dónde está Graciela? –Graciela está en Venezuela.

Allanaron la casa de Pepe. Eran muchos. Como veinticinco. La madre de Pepe los trató muy bien, hasta les sirvió café y se permitió retar a uno al que se le cayó una ametralladora: Tenga cuidado. Puede matar a alguien. Preguntaron: ¿Dónde está Pepe? –Pepe está en Venezuela.

A mi casa en Córdoba no fueron, los sistemas de control eran imperfectos todavía, y mi hermano, que estaba viviendo ahí, se salvó.

Allanaron la casa de Luisa. Luisa vivía con su marido y sus dos hijitas en una casa muy pequeña: una habitación de usos múltiples, un baño y una cocinita. Luisa hasta tuvo la ocurrencia de reírse al ver tantas armas, tantos militares rodeados de tanta ropa de bebé colgada a secarse por todas partes. De repente su hija menor comenzó a llorar y ella la levantó de la cuna para consolarla. Un milico sacó un panfleto escondido entre las mantas de la cuna y le preguntó a Luisa qué era eso. Luisa le contestó que era para proteger a su hijita de la humedad y el frío del piso. Él la miró, no dijo nada. Se fueron. Luisa se salvó.

Lindor volvía a su casa, con Julio. Llevaba un gatito en la mano, había estado todo el día queriendo regalarlo a algún amigo y nadie lo había querido. Lo va a dejar en la vereda, se agacha, y, al hacerlo, ve que de la esquina se asomaba un Falcon verde, sin patente, los usados por los militares para secuestrar, se da cuenta de que está estacionado frente a su casa. Retroceden con Julio, se escapan. Se salvan.

Liliana, su mujer, estaba en la casa. Por la ventana del dormitorio ve sombras en el jardín, sombras que corren hacia las puertas de atrás. En ropa interior sale corriendo por la puerta de adelante. Era una casita al fondo de un corredor flanqueado por varios departamentos. Va tanteando todos los picaportes hasta que una puerta se abre y entra en la casa de un vecino que al día siguiente la saca escondida en el baúl de su auto y la pasa a través de los militares apostados. Liliana se salva.

A Susana y su marido los detienen en La Rioja. Cuando los traían hacia Córdoba los policías iban disparando a los carteles de publicidad en la ruta, gatillándoles en falso a ellos en las sienes y gritándole al que manejaba: ¡Desviate aquí, así los cepillamos a estos! En Córdoba los tuvieron quince días vendados, amordazados, esposados. Luego intervino por ellos un amigo de los padres del marido, amigo que era en ese entonces gobernador de La Rioja, y los soltaron. Es lo único que yo tengo para agradecer al expresidente argentino C.M. Susana se salvó.

A Cristina una vez la detuvieron por veinticuatro horas. Le gatillaron una pistola en la sien. Ella ahora recuerda con extrema precisión la sensación extraña del metal helado sobre su piel. La soltaron. Se escondió. No volvió a su casa hasta un tiempo después, a ver cómo estaban sus cosas. Una vecina le dijo: Ayer vinieron a buscarla. –¿Quiénes? –Unos encapuchados. Cristina escapó. Se salvó.

Susana y Oscar estaban escondidos. Sabían que los matarían si los encontraban. Un día se descuidan y van a visitar a unos amigos. Llega la policía a esa casa. Pero no los buscaban a ellos sino a otras personas, que no estaban y no se dan cuenta de que también a ellos los podían detener. Los militares se quedan varias horas esperando. Muchos años después los amigos que estaban en la casa le comentan a Oscar: Hacías bromas, te hacías el simpático, el distraído, tu voz era la misma, pero tu piel había cambiado, tenía otro color. Era gris. Después de unas horas los militares y policías se van. Ellos escapan. Oscar y Susana se salvan.

A María los compañeros la visten, la disfrazan como si fuera una psicoanalista porteña: trajecito verde seco de lino, cartera y zapatos color tabaco, lentes oscuros grandes. Así, con papeles falsos, la sacan en avión desde Buenos Aires hacia Uruguay, desde donde viaja a Perú. Y María se salva.

De algún extraño modo, mis compañeros se salvaron, todos, casi por milagro.