Falso encaje: De cristal
Una nueva entrega de la columna de Roberto Videla.
El locutor coloca la voz quejumbrosa y suenan suaves acordes de guitarras camperas mientras la cámara muestra un cielo muy azul, árboles escuálidos cubiertos de polvo, una pared de adobes, un aljibe derrumbado, harapos colgados de un alambre, una pirca ladeada, un patio de tierra de rancho lleno de cosas tiradas por todos lados: baldes, latas, una pala, juguetes despedazados irreconocibles, un perro, un gato raquítico, gallinas. Hace frío, mucho frío, y corre el viento aullando en el micrófono del camarógrafo. Es el invierno pelado cordobés de las sierras, cuando parece que todo está a punto de incendiarse de tan seco, que brotarán chispas de la nada, de sólo restregarse cielo y tierra.
Al fondo se ve alguien que aparece y desaparece encontrado o abandonado por la cámara, que de pronto se le acerca despacio. Es un niño. Está envuelto en buzos y más buzos y una campera con corderito en el cuello, las manos en los bolsillos, bufanda. Todo azul. Tiene un gorro de lana tejido por su abuela. Parece un bulto sin forma, parado quieto, sin pestañear, expuesto al frío, en el lugar donde lo pusieron para ser filmado, con un horno de ladrillos detrás que compone el cuadro. Es un niño. No, no es un niño. La voz del locutor, a quien no se ve, edulcorada y enfática, radiante, optimista, informa que eso que vemos ahí delante tiene 18 añitos y es un chico más del valle de Punilla, el joven de la piel de cristal, que se hizo famoso hace algunos meses porque la justicia ordenó al Estado que se le cubrieran los costos del tratamiento, costos que antes el gobierno no aceptaba pagar, costos elevados: es una enfermedad que hiere la piel al mínimo contacto, lo que genera un cuerpo llagado, expuesto a infecciones, a descamarse, descarnarse y sangrar, un cuerpo que exige cuidados intensivos, control, aparatos especiales, remedios específicos, temperatura adecuada, suavidad, atención constante. Nada de eso aparentemente ha llegado. El rancho es pobre, muy pobre, no se ven sillas adecuadas ortopédicas, no se ve nada de la presunta mano salvadora oficial. Ahí viven 14 personas. La abuela está al lado del chico y habla por su nieto, porque él apenas puede articular palabra. Ella está también envuelta en buzos y lanas amontonadas, el pelo corto manchado en amarillo y blanco, raros ojos grises. Huele a humo, a leña, a tierra, a yuyos. Él tiene un ojo tumefacto y ciego y el otro ojo, saliente, enorme, indaga al locutor, que pregunta sobre la respuesta social que generó la nota aparecida meses atrás en los diarios y la tele. La abuela dice que todo fue distinto desde que vino la televisión, ahora tenemos cosas, nos ayudaron, hubo mucha… mucha… mucha… caridad, la gente tiene mucha caridad, él tiene que estar lejos de las cosas pinchudas, tiene que estar bien higienizado el ambiente, su cama, sus cosas de él, y sus cosas se lavan aparte, la ropita de él se lava en una sola cosa de él. Ahora tenemos luz, gracias a esa nota que ustedes hicieron, cuando salimos en la tele, gracias, gracias, gracias, gracias.
La cámara se pasea, sin entrar, por el exterior del rancho, rasqueteando las paredes, como si tuviera dedos de cristal en la punta del lente, dedos que van corriendo las cortinas/puertas para atisbar el interior oscuro, espiando unos tubos fluorescentes, unos cables sueltos y unos interruptores blancos modernos. Parece que el camarógrafo no se atreviera a entrar, o le diera asco el olor.
Sí, ahora tenemos luz, ¡tenemos luz!, ahora tenemos un tele, usado, bien bonito, y un aparato de música, usado, la gente fue muy generosa con nosotros, fue muy buena y nos regaló muchas cosas, ahora no nos falta nada. Ahora él come mejor, nos dan un poco de plata todos los meses y se puede comer mejor, y si se come más y mejor la enfermedad se detiene un poco, si uno se alimenta mejor uno está mejor…
A doscientos metros –qué mueca burlona– hay un transformador de energía eléctrica, zumbante, enorme, vivo, que une distintos pueblos y del que no sale una gota de vida hacia el chico; ahí encima se han instalado las loras y sus nidos espinosos. Al lado del rancho, con sus telas pesadas a modo de puertas, que baten al viento como si fueran de papel, están levantando una casita, no ahora en el momento de la nota, porque no se ven albañiles dando vueltas, pero se percibe que algo sucede ahí. Es una especie de cajón de material, que posiblemente sea la futura habitación del chico, la que alguna vez estará preparada para su atención primaria en salud. ¿Quién irá a acudirlo cuando esté lista? ¿A quién mandarán, siendo zona desfavorable? ¿Pagarán los viajes en camioneta o en ómnibus de algún enfermero insuficiente en medio de nubes de polvo y caminatas inhóspitas por tierra de lechuzas y quirquinchos? Por ahora esa casita del futuro es apenas unos cuantos bloques de cemento pegados así nomás y un techo de lata arrimado. Pareciera que faltan años para que esté lista, que por ella pasarán hormigas negras y coloradas, yuyos, escorpiones, incendios, víboras, cabritos, vinchucas, que morirá el gato, el perro y la abuela –será velada en el rancho antes de que se termine la salita aséptica–, que las gallinas duras ya habrán sido comidas hace meses en pucheros grasosos. Tal vez, seguramente, también habrá muerto el chico –no es un chico– antes de tener lo que aliviaría sus penas.
¿Y qué hacés si te agarra el viento? Te metés adentro, ¿no?, apremia el locutor. Vos, de chico, eras más indio, ¿no? Sí, silba el niño. Ahora todo está mejor y él tiene una computadora, dice la abuela, ahora todo es diferente. Y qué querés, ¿seguir estudiando?, pregunta feliz –cada vez más feliz– el locutor, ahora ya vas a poder dejar de vender peperina y yuyos al lado del Camino de los Artesanos, ¿no?, ¿qué querés estudiar?, ¿cuáles son tus sueños? Quiero estudiar informática, ya no voy a vender yuyos a la ruta, el chico responde, iúios, dice, yuta, dice. Apenas se le entiende, es más bien un soplido la voz, aguda y débil. Pero la compu que me regalaron está vieja y el teclado ya no sirve casi. O sea que necesitás otro teclado…, anuncia y ordena el locutor, subrayando y acentuando cada palabra, dirigiéndolas una por una a los oídos de los miles de fieles que siguen, horrorizados, desde sus casas calientes, la transmisión matutina. Desde las oficinas de gobierno algunos funcionarios de traje oscuro, compadecidos, rezarán para que el pibe de cristal muera rápido, la enfermedad no se expanda –no es contagiosa–, el presupuesto gubernamental no tambalee y se puedan seguir inaugurando cuadra a cuadra –lo que genera inauguraciones en avalancha– veredas coquetas en los barrios caros de la ciudad, con shows de música electrónica difundida como se debe, luces estroboscópicas al aire libre y actores disfrazados –mal pagados– que avanzan en cámara lenta metidos en trajes y vestidos llenos de lucecitas conectadas a una batería escondida entre las vueltas de las polleras con miriñaque. Sí, dice el chico, alzando el único ojo de vaca, sumiso y confiado, hacia el locutor, me gustaría tener otro teclado. Tiene las manos en los bolsillos, las saca despacio y las muestra a la cámara, que explora las llagas, ese naranja descarnado. Parecen pinzas de cera, algunos dedos pegados entre sí, las uñas translúcidas hundidas en las falanges. Dan ganas de cerrar los ojos. Devuelve las manos a los bolsillos, con cuidado: no puede rasparlas, son de cristal, hace tanto frío y es lo poco que le queda, hay que meterlas rápido en ese nido caliente. Vuelve a decir que sí, que quiere otra computadora, la que me regalaron ya está vieja. Sí, voy a estudiar computación, insiste, sonriendo. Suena orgulloso, seguro, convencido de que podrá cumplir su destino informático.
Una versión de este texto se publicó en Todos los caminos, Editorial Babel, 2009.

