Esa manía de correr
Caminar, trotar o correr por la costanera del Suquía es una forma de apropiarse de ese espacio urbano. Y lo interesante es que junto con el recorrido real del cuerpo siempre hay uno imaginario, no menos importante para la salud física y mental.
El ciudadano que corre representa, en parte, el triunfo de la participación colectiva sobre la falta de planificación oficial. En especial cuando sucede en lugares no pensados para ello. La renovada Costanera es una muestra de esa apropiación, inconsciente y vertiginosa.
¿Por qué esa costumbre recurrente de bajar por la calle Bialet Massé, doblar en el puente Cantón y emprender al trote el recorrido por la costanera que atravesará Santa Fe, Avellaneda, Lavalleja y, si las piernas resisten, el Centenario en la General Paz, para allí pegar la vuelta y volver al mismo lugar?
Hay varias respuestas:
1) Creer que la ciencia dura acierta cuando concluye que correr es una actividad saludable que evitará o bien el paso del tiempo o bien los estragos del mismo, y que se trata de una actividad útil para crear al menos la ilusión de que el cuerpo atrasará unos meses el infarto al que nuestras conductas nocturnas y culinarias nos conducen.
2) Liberar la conciencia judeo-cristiana del peso de admitir que no hacemos nada por nuestro cuerpo.
3) Creer que en la Isla de los Patos hay un Belvedere Castle como el de Nueva York en el que, si pasamos a la tardecita, cuando el sol pega bien oblicuo, veremos -confundidos entre las sombras- a los personajes de Hannah y sus hermanas discutiendo las causas de la desaparición de los patos que le dan el nombre a la isla.
4) Imaginar que alguna mañana nos toparemos de frente con la Phoebe de Friends, como si corriéramos en el Central Park de Manhattan, y que, si ese día Dios existe, Phoebe habrá convencido a Rachel de acompañarla.
5) Fantasear que, como Haruki Murakami, algún día escribiremos nuestro De qué hablo cuando hablo de correr. O que alguna vez emularemos al escritor japonés cuando dice en ese libro: "La mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana. De un modo natural, físico, práctico. Uno lo intenta, pero algo no debe estar haciendo bien -la posición de los brazos, el movimiento de las piernas, la respiración bufosa- porque tal aprendizaje se sigue negando.
6) Apropiarse de ese espacio zigzagueante que, por primera vez, permite alejarse unos metros de la voracidad vehicular y ubicarse exactamente entre el cauce del Suquía y un ancho espacio verde emergido como un brote sorpresivo en el desierto.
Ese lugar es mío
Hay muchas formas de apropiarse del espacio público, una actitud indispensable para acercar a la vida cotidiana algo de eso que llaman “calidad de vida”. En una ciudad como Córdoba, ese fenómeno adquiere una magnitud ciclópea: persiste a pesar de los esfuerzos oficiales por destruirlo.
El último ejemplo del triunfo de ese espíritu comunitario se percibe, justamente, en la recién renovada Costanera, en ese tramo de más de dos kilómetros que va desde el puente Santa Fe hasta el Centenario, sobre avenida General Paz.
Si los ideólogos de tal renovación hubieran pensado -por ejemplo- en la apropiación que cientos de ciudadanos a los que les agrada trotar o correr harían de esta nueva vía, no hubieran puesto empedrado en los metros asfaltados que separan el río del césped: una invitación permanente a los esguinces, que la gente sortea con habilidad sólo por una cuestión instintiva de supervivencia. No es cuestión de dejar que gane la imprevisión.
Pero más allá de las críticas, mal o bien hecha, la obra recupera espacio antes inaccesible. Permite equidistarse de la calle y las construcciones de ambas riveras casi hasta tocar el agua y traspasar ese ensanchamiento aéreo a los pulmones.
Los inicios de la apropiación fueron tímidos: una chica con calzas negras, una pareja de cincuentones entrada en peso, un joven con su doberman, un hombre de barba y bermudas rojas y un deportista nato -seguramente estudiante del Ipef- , el único de todos que conservaba la velocidad, la regularidad y el ritmo cardíaco a lo largo de su recorrido.
Los demás, zafamos. Un tramo rápido, otro más lento, otro caminando. Ahora hay de todo, de todos, a toda hora, de todos los colores, edades y estaturas. Hay luces de noche. Hay gente y, cuando hay gente, hay más seguridad.
Hay integración: vamos desde la zona más humilde de la ciudad, como Villa Páez, hasta la puerta del centro y de la diversión nocturna en el Bulevar Las Heras. Cuando hay mucha gente, también, disminuye la posibilidad de que las decenas de perros callejeros elijan nuestros talones o nuestras pantorrillas para afilar sus dientes. Aunque alguna vez te toca.
Hay una pareja de universitarios leyendo un apunte. Se nota que a él no le importan esas hojas, son apenas la excusa para acercarse a ella. Una mujer solitaria se ceba mate. Un vagabundo exorciza la resaca.
Dos hombres van de la mano, se sienten más libres que unos metros más allá. Al lado de los que corremos, todos ellos parecen inmóviles. No lo están.
El circuito de los corredores se formó a pesar de la nula planificación, traspasó la falta de iniciativa oficial, se impone como una suma de pequeñas participaciones. Parece una reunión inconexa, porque no hay palabras. Pero sí comunicación: la mirada cómplice, el guiño alentador sale de ambas partes que se cruzan -agotadas y jadeantes-, en dirección contraria.
Después del segundo o tercer encuentro, el otro ya es alguien de confianza, se reduce la posibilidad de indiferencia. Hay un micromundo que va de las piernas entumecidas y acalambradas al verde del césped, al agua del río, a los árboles que se empecinan en crecer contra la baranda de la calle, a la mente que tampoco descansa. Como decía Carlitos Balá, "el movimiento se demuestra andando". Y anda, sin cansarse nunca, a pesar de tanto freno cotidiano.

