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En forma de haikus

Jardines, de Mariana Finochietto y Raúl Fenoglio, reúne un conjunto de poemas que se ajustan a la influyente forma literaria japonesa.

31 de marzo de 2016 a las 05:24 p. m.
En forma de haikus

Ninguna manifestación de la literatura o el arte japonés ha tenido tanta influencia en Occidente como el haiku. Esa brevísima forma de tres versos compuestos de 17 sílabas en total ya ha adquirido dimensiones inabarcables. Se escriben decenas de miles todos los días, y hay en semejante proliferación algo orgánico, biológico, como un múltiple nacimiento de mariposas o de libélulas.

Pese a su estructura más o menos fija, la dificultad de la composición de un haiku no es formal, como puede ser la de un soneto o la de una villanela, sino sensible. Implica una percepción del mundo, una delicada atención a la fugacidad en sus mínimos detalles (detalles que por cierto se han vuelto tópicos: la caída de una hoja, el salto de una rana, el latido de un pétalo, el aleteo de un pájaro). Algo así como el equivalente verbal de un parpadeo.

No deja de ser un milagro que algunos poetas hayan logrado desplegar una voz propia en ese estrecho espacio. Pero los reconocibles poemas de Basho, Buson o Issa son un testimonio demasiado evidente. Por cierto, los haikus de Jardines, firmados por Mariana Finochietto y Raúl Fenoglio, no tienen la impronta de una personalidad o un estilo propio (como los haikus de Borges o de Javier Adúriz) sino que buscan el camino de la impersonalidad y en esa búsqueda unen sus pasos una filosofía y una poética: "¿Y si olvidáramos/ nuestro yo para siempre/ como las hojas?".

Tal vez por reflejo condicionado o por inercia de lectura, los que parecen más logrados, los que dejan como una vibración en el aire una vez que se pasa la página, son los que más se acercan al modelo japonés de súbita revelación de un cambio en la naturaleza o en esa sustancia del tiempo que son las estaciones: “Una violeta/ y su frágil soberbia/ bajo la lluvia” o “Todo florece./ Pero sobre mi frente/ ya es el otoño”.

Más allá de esa fórmula tradicional, también resulta obvio que el haiku se adapta a la idea romántica de los sentimientos proyectados a las cosas, con lo que se produce una tensión más dialéctica entre el adentro y el afuera, entre lo íntimo y lo extraño. Varios poemas de Jardines se benefician de esa tensión sutilísima: "¿Es mi tristeza/ o es el viento quien hace/ llorar al sauce?" o "Todos hablaban/ y el río a sus espaldas/ cantaba solo".

Mariana Finochietto

y Raúl Fenoglio

El Mensú Ediciones

Villa María, 2015