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Asombros silenciosos

Los relatos de “Animales domésticos” persisten en la voz baja que la escritora Alejandra Costamagna captó en sus inicios, la de una generación que aún busca su historia y su lenguaje.

14 de noviembre de 2013 a las 02:46 p. m.
Javier Mattio
Asombros silenciosos

Pocas veces un debut literario resumió tan bien una declaración de principios: En voz baja (1996) autodefinió tanto la economía formal de relatos breves, íntimos y pudorosamente silenciosos de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) como el estado estético-existencial de una generación: la que comenzó a publicar en el Chile pospinochetista, lejos ya de toda obsesión épica por la Novela Total. Autores que marcan el rumbo de la actual narrativa chilena como Alejandro Zambra, Diego Zúñiga y Juan Pablo Roncone siguen los lineamientos de ese manifiesto temprano e involuntario.Animales domésticos, al igual que los brevísimos y también recientes Naturalezas muertas y Había una vez un pájaro (Cuneta), vuelve a transitar los surcos trazados por trabajos anteriores: los lazos familiares que hacen de extraño entorno natural, la ingenuidad como inmejorable expresión de malicia, la autobiografía encapsulada (en el viaje de infancia en auto de Chile a Argentina en "Nunca nadie se acostumbra"), la recurrencia de mascotas (perro, gato, loro, cotorra) como síntoma de sus vulnerables y domésticos dueños, el absurdo y humor negro en cuentagotas, la reescritura bonsái de textos anteriores y, claro, la sensación de que las historias llegan desde un rincón escondido, narrados por una muy clarividente e inconfundible voz baja.Y es que los cuentos de Costamagna se mueven en una frecuencia subterránea, allí donde las descripciones, diálogos o sueños exhiben su lado más acallado e iluminador. "La escritura permite escarbar, comprender lo que no se comprende, hacerse preguntas de manera permanente –dice la autora–. Y también indagar en el silencio, la palabra es tan importante como el silencio que hay detrás. La realidad no puede captarse cien por ciento, siempre hay zonas que se me escapan. Me gustan esos hoyos de la historia".Es inevitable relacionar la timidez formal de Costamagna con la modestia de una generación tan sentida como escéptica, la que nace después de las grandes epopeyas latinoamericanas. "La generación de nuestros padres fue esa generación que protagonizó un momento histórico. Los que vivimos nuestra infancia durante aquellos años fuimos opacados por la voz protagónica de los revolucionarios o anti-revolucionarios. Alejandro Zambra lo dice muy bonito en Formas de volver a casa, eso de que somos los actores secundarios. Y yo creo que entre los actores secundarios y la voz baja está la intención de recuperar esa genealogía de procesos sociales y dictaduras que interrumpe nuestra historia. Hay que crearse una memoria que no existe porque fue interrumpida, y por lo tanto hay que crearse un lenguaje para dar cuenta de esa historia. Con qué palabras, con qué voz contamos esto que ha sido contado de una manera que ya no nos satisface", plantea la escritora.Y sigue: "Es lo que pasa también en el teatro, con las obras de los hijos. El año en que nací de Lola Arias, que después se llamó Mi vida después, trata sobre eso, sobre cómo volver atrás con una mirada que podría parecer despolitizada pero es al revés, una concepción de la vida desde otro lugar".Las referencias pueden ser interminables: desde la película chilena De jueves a domingo de Dominga Sotomayor a la canción In the backseat de The Arcade Fire, la tragedia actual parece pasar por la dificultad de una generación para dejar el asiento trasero y pasarse al del conductor. Costamagna: "Una académica, Lorena Amaro, tiene un artículo inédito que analiza novelas y cuentos de la pos-generación justamente desde la mirada de los chicos que viajan en el asiento de atrás. 'Nunca nadie se acostumbra' es sobre una niña viajando en un asiento de atrás. Es una idea muy gráfica".En ese cuento, uno de los más emblemáticos de la autora, la protagonista sueña con su madre transformada en perra, lo que decide el fascinante desenlace. ¿De dónde nace esa inclinación sutil hacia lo sobrenatural? "Me interesa el quiebre con las situaciones ordinarias, mirarlas desde otra orilla–responde–. Qué pasa si sacamos la capa de hojas que cubren la vereda y aparece el horror o la posibilidad de un abismo, de un vértigo. Hay una frase que me gusta de Chéjov, que dice: 'La gente está almorzando, almorzando nada más, y entre tanto decide su felicidad o se desmorona su vida'. Mirado de cerca nadie es normal, decía Leila Guerriero".Esa extrañeza es la misma que apunta la mención en distintos relatos al alunizaje televisado de 1969, a la vez signo de época y postal surreal. "La llegada del hombre a la luna está naturalizada, pero a mí todavía me sorprende –reconoce Costamagna–. Pienso en Hebe Uhart; lo que más me gusta de ella es su regreso al asombro. Hemos dejado de asombrarnos por cosas que son súper asombrosas".Otra marca de Costamagna es su regreso a escrituras previas, que van de la reinserción en un nuevo libro (como pasa con el imperdible "La epidemia de Traiguén" de Animales domésticos, ya presente en Últimos fuegos) al cuento hecho nouvelle (Naturalezas muertas), a la novela hecha cuento ("En voz baja" en Había una vez un pájaro), entre otras variantes. Lo raro es que, lejos de suponer un gesto obsesivo, el reciclaje constante de la autora se entiende como un engranaje más de un universo voluntariamente autosustentable, volcado a las posibilidades de historias ya existentes y no a anexar otras porque sí. "Experimento cambios al volver a leerme. Leo otro libro. La reescritura es una opción por la forma antes que por el contenido. En realidad esas historias están en la Biblia, en La Ilíada, ya están contadas", concluye.Animales domésticosAlejandra CostamagnaMondadori (2013)144 páginas$ 99