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Antonio Monteiro: El viaje imaginario

En “Levedad”, una retrospectiva en el Museo Caraffa, Antonio Monteiro revela sus intrigas pictóricas. Un artista marcado por las fuerzas del universo, los mapas, los barcos, los círculos y los afectos.

09 de mayo de 2013 a las 11:39 a. m.
Redacción La Voz
Antonio Monteiro: El viaje imaginario
Foto: La Voz del Interior.

El reloj y esos mapas redondos, el tiempo y el espacio, un mismo círculo que un día vino para quedarse en los cuadros de Antonio “Tutuca” Monteiro. “El problema del espacio-tiempo me tiene enloquecido”, dice con esa euforia linda que lo caracteriza. Nació en Lisboa (Portugal) en 1934, y después de vivir en Río de Janeiro (la familia siguiendo los pasos del padre) desembarcó en la Argentina. Su carta de ciudadanía tiene desde hace décadas sello cordobés.

Los viajes con sus tiempos parecen dar la vuelta, y los barcos que cargan las pertenencias importantes están anclados en sus cuadros que atrapan circunferencias incluso en bastidores cuadrados, y sus velas liberan música y frases cifradas en el lenguaje náutico. Un juego. Ahí está el niño.

Como un círculo de la vida se dispusieron los 50 cuadros de la muestra “Levedad” que el miércoles inauguró en el Museo Caraffa. Como ese orificio por donde se mira de lejos a los barcos, la composición orbital, con su calma azul marina, se repite en el último tramo de la exposición.

La suite retrospectiva tiene como punto de partida la década de 1960, la etapa de la formación de donde emergía con fuerza americanista su obra. Siguen unos pájaros (época de tesis), y la aparición de las rojizas construcciones, frentes de casas cuyas puertas luego se abrirían a un paisaje surrealista donde los pomos de pintura se apoyan sobre la pared y los pinceles caminan. Estamos recién a fines de los ‘60.

Tutuca nunca olvidará ese comienzo, cuando, ante el impedimento de ir cada semana a Buenos Aires a estudiar con Horacio Butler (quien lo había aceptado como alumno), Raquel Forner y Alfredo Bigatti lo recomendaron con Ernesto Farina, que estaba en Córdoba, en la Escuela de Artes de la Universidad. Monteiro rindió el ingreso, el arquitecto Raúl Bulgueroni estrenaba plan de estudio. “Ahí entre yo”, cuenta orgulloso. No sólo recuerda a Farina, también a otros artistas “muy importantes” que fueron sus profesores: José De Monte, Horacio Suárez, Armando Ruiz, César Miranda, Juan Carlos Pinto. “Era un nivel bárbaro, aprendí cualquier cosa, me volví loco, el ‘Pepe’ (José) Ledda era mi compañero. Nunca terminaré de agradecer haber entrado a la Escuela de Artes, ellos me marcaron para toda la vida”, dice. Fue ayudante de alumno de De Monte, y rindió para profesor titular de Dibujo y Pintura. Enseñó hasta el año 2000.

Sus recuerdos vuelven a ese tiempo efervescente. Año 1963: “Estábamos tan entusiasmados que cuando terminó el primer año, pedimos permiso a De Monte para usar el taller en vacaciones. Él venía los sábados a la mañana y nos asesoraba. Nos pasamos todo el verano pintando”, cuenta. Entrar a la Escuela de Artes fue encontrarse con la charla diaria, para hablar del arte y la pintura. Y encontrar el amor. A la artista María Amelia Luque la conoció en la Universidad, en primer año. “Ahí nos pusimos de novios, así que fue completa la aventura”, remata Tutuca.

Monteiro trae a la memoria el espíritu de Farina. “Te cuento una anécdota”, propone muy divertido: “Estaba en segundo año, no había llegado Farina a clase todavía. Pongo una tela, y empiezo a pintar. Llega él, da una vuelta y me viene de atrás, me agarra la oreja, me dice ‘Vení boludo!’, y me saca afuera. ‘Mirá las nubes, lo que vos querés pintar está ahí’. Miré, y no entendí, pero me quedó la inquietud. Años después estaba pintando y pensé ¡Farina, la p… cómo supo! Era otro espíritu, de taller, de sentirse compañero. Era un maestro realmente, al que veía que no tenía una pasión lo destruía, ¡era terrible! Les decía la verdad, ‘¡es una porquería, cómo va a pintar esto!’ No es común decir las cosas de frente y además decirte qué tenés que hacer para salir”.

Algo para decirEn el Caraffa, la obra Retrato de la memoria (1982) pone el acento en un momento pródigo de su trayectoria, cuando sus pinturas depositaban preciosamente la imaginación lúdica en cajoncitos de mobiliarios. Cientos de obras que ya no conserva porque (por suerte) las vendió. También hay en la muestra terrazas y laberintos de la década de 1990, objetos curiosos, juegos para descubrir, homenajes a los pintores.

“Para pintar hay que tener algo que decir”, reflexiona hoy. “La teoría, el concepto, se aprende en la pintura, hay que agarrar el pincel y sacar de adentro, eso es lo difícil. En mi curso les decía ‘bueno muchachos, ¿qué quieren hacer?’ ¡Se rajaban! Porque estaban acostumbrados a que les dieran ejercicios”, cuenta.

Una faceta sutil de la obra de Monteiro sigue la silueta del cuerpo femenino. Un seno se descubre en una muralla a veces, o algo más atrevido, siempre con la delicadeza que aprendió de su admirado René Magritte. Ese erotismo codificado reaparece ahora en algunas telas de la serie El paisaje del cuerpo. Cauto, sólo afirma: “Son cosas que se me ocurren, qué te puedo decir”.

“La esfera vino cuando me metí con el problema del universo y todo el cosmos”, relata. Con los mapas antiguos aparecieron los hemisferios y “cosas de adentro, después quedó el circulo”. En esos últimos cuadros el alfabeto náutico esconde frases que el público podrá leer con ayuda en la muestra.

La música, que aparece en los pentagramas de los barcos es otra pasión y un “lenguaje indescifrable”. “Para mí, la blanca y la negra son minas”, dice pícaro. Una vez pintó sobre partituras y años después descubrió que había seguido el ritmo de la composición.

"El cuadro en el ojo"Tutuca estaba feliz, pintaba el día entero ya jubilado, cuando un fuerte revés de su salud disminuyó su visión. "Es lo que me tocó, no me deprimo, la tarea había llegado a un punto bastante interesante, pasemos a otra cosa", se dijo. Sus pasiones y los amigos lo entretenían lo suficiente. A pesar de eso, "¡tenía el cuadro en el ojo!".

Y ahora algo pasó al revolver tanto pasado y rever 50 años de su vida en la pintura. Volvió a pintar la semana pasada, un cuadro chiquito. "¡Hay muchas telas grandes esperando! Me achaco un poco, tengo problemas por resolver, la imposibilidad física me vuelve loco", reniega. Pero hay un atisbo. En su taller entra la luz del sur. "Es la mejor", dice, porque "no te tiene que dar el sol".La muestraLa exposición "Levedad", de Antonio Monteiro, se puede visitar en el Museo Provincial Emilio Caraffa (Poeta Lugones 411) hasta el 16 de mayo. También se exhiben muestras de Dalmacio Rojas, Luis Niveiro, Marcos Tatian, Carolina Magnin, Miguel Ángel Giovanetti y San Poggio.