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A contramano

Miguel Gariglio es uno de los clientes más fieles de Lado B. Viaja desde Río Tercero, donde trabaja en la Fábrica Militar, para conseguir las novedades discográficas.

21 de noviembre de 2013 a las 10:56 a. m.
A contramano
Miguel sostiene vinilos de bandas emblemáticas. Reconoce que ahora está metido en el rock gótico.

“Como me dijo el Palo el otro día: en tu cabeza ya no tenés más lugar”, dice Miguel Gariglio apoyado en el mostrador de Lado B, probablemente uno de los lugares donde más cómodo se siente en todo el mundo. Lleva puesta una remera negra de Sonata Arctica que contrasta con sus canas y habla de discos con un entusiasmo atropellado, la verborragia propia de un fanático. El diálogo se ramifica en detalles técnicos, en anécdotas protagonizadas por él o algún músico, en anteriores visitas a la disquería.

Cuando se planteó en la Redacción de Ciudad X este informe, varios protagonistas –músicos, periodistas, productores– mencionaban a un cliente con características más propias de una leyenda urbana que de la persona que ahora hurga los estantes en busca de vinilos de Cocteau Twins y Lacuna Coil. Algunas de las cosas que se decían de él: fanático de Björk y comprador compulsivo de discos (según Arrascaeta), vive en Río Tercero y trabaja en la fábrica militar (palabras de Luis Mostaza), tiene una colección de música gigante, capaz de llenar varias habitaciones (coinciden varios).

Palo Cáceres confirma todas esas singularidades y destaca que sí, que es uno de los grandes clientes de Lado B, comprador de la primera hora. Gariglio es un fan atípico, tan febril como diverso en sus consumos.

"Desde chango que soy fanático de los discos, pero 1976 fue un año muy importante en mi vida. Yo escuchaba cantantes populares de la época, como Roberto Carlos y esas cosas, pero ese año hice el quiebre con tres álbumes emblemáticos: Trilogy, de Emerson, Lake & Palmer; Close to the edge, de Yes, y The dark side of the moon, de Pink Floyd. Justo el mejor álbum de ellos", dice Miguel, que hoy acusa 59 años y todavía se levanta todas las mañana a las 6 para ir a ocupar su puesto de operario en la fábrica.

Gariglio relata con modestia que su colección no es tan vasta, que años atrás sufrió un percance (en un asalto a su casa, los ladrones quemaron muchos de sus vinilos al no encontrar cosas “de valor”) y que de a poco, ya en formato CD, pudo recuperar una parte de esos álbumes. “No sabría decirte cuántos discos tengo”, explica este particular coleccionista, con la mente puesta en tiempo presente –qué cosas comprar, qué novedades hay de sus artistas favoritos– antes que en la retrospección.

“Ahora estoy bastante metido en lo gótico”, señala. “Escucho mucho a Tarja Turunen, que era la cantante de Nightwish, y también estoy muy atento a lo que saque Björk”, ratifica. El último disco que compró fue el solista de Anneke van Giersbergen, vocalista del grupo The Gathering, que consiguió en Buenos Aires aunque está seguro que “el Palo lo va a traer dentro de poco”.

“Voy a contramano, porque esta música es para gente más joven –dice–. Pero si me preguntás a mí, el gusto musical no se mide por edades”.

Un adorable trío

Por Raúl "Dirty" Ortiz

Tres discos que enamoraban porque eran únicos. Piezas que no encajaban en el rompecabezas del rock que armaban las radios. Estampas del paraíso que solo admitían ser apreciadas por aquellos elegidos que llegaban a ellas de manera azarosa. Por ejemplo, a través de una disquería que administraba esos elixires. Es decir, a través de Lado B, la isla donde estos tesoros estaban a disposición de quienes estuvieran dispuestos a admirarlos.

1. La tapa del álbum 25 O'Clock, de los Dukes Of Stratospheare, tenía tanta psicodelia que parecía surgida de una alucinación. A cualquier desprevenido, se lo podía engañar convenciéndolo de que se la había forjado al calor de los años sesenta. Pero los lectores de la revista española RDL sabían que se trataba de un proyecto paralelo de los británicos XTC, que homenajeaban en este long play de 1985 a aquella delirante agitación que capitanearon en su momento los Beatles, Pink Floyd y los Beach Boys. 25 O'Clock aplicó una cachetada de originalidad en el previsible panorama del pop ochentoso. Y en Córdoba también se escuchó ese "¡paf!".

2. Otro vinilo impactante fue Recurrence, de The Railway Children, un grupo de los arrabales de Manchester que inició su carrera en el legendario sello Factory Records para después grabar con Virgin. Desde esa portada que viraba al azul, el cuarteto miraba hacia un destino de gloria al que lo llevarían sus canciones inmortales. A Pleasure, el segundo track del lado A, es un tema perfecto que –está probado– permite repetir la escucha de manera infinita sin que su pureza se degrade.

3. Ese mismo año 1988 en el que aparecía Recurrence, la banda Swans publicaba un EP donde versionaba Love Will Tear Us Appart de Joy Division. Una tapa de rigurosos grises y negros envolvía el disco de esta formación neoyorquina que, desde una oscuridad insondable, rendía tributo a ese Ian Curtis que tantas influencias desperdigó en su breve y malograda carrera. Gracias a la voz espectral de Michael Gira, a Swans le quedaba chica la categoría de "rock gótico": su melancolía profunda daba pie para hablar de "música abismal".

Tres álbumes que llegaron un día al local de arriba de la Galería Libertad y desde allí irradiaron su magnetismo hasta atrapar a los melómanos. Fue hace 25 años, en una época en que se adoraban los objetos de la misma manera que hoy se veneran los avatares.